Sobre el éxito, el cerebro humano y el futuro sexual de valentino Rossi

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El éxito crea en la cabeza la necesidad de más éxito

El éxito es como un perfume.

Tiene una parte tangible y una parte intangible.

La tangible es la obvia, la más fácilmente identificable y mensurable.

Cuántas veces ha ganado un motociclista un Gran Premio, cuántas veces ha logrado un director de cine el Óscar, cuántas veces ha coronado un alpinista un ocho mil, cuántas veces ha logrado un hombre no quedarse dormido viendo esa película romántica que su pareja insistía en ver un domingo por la tarde justo al acabar de comer.

Y luego está la parte intangible, la menos fácilmente identificable y mensurable.

Esa parte que ocurre dentro de la cabeza de quien triunfa.

Esa parte compleja, como todo lo que tiene que ver con el cerebro humano, y sobre la cual pueden realizarse varias reflexiones.

Primera reflexión: la autoría del éxito.

Suele decirse que los éxitos tienen mil padres, pero los fracasos son huérfanos.

Esto es una verdad en entornos colectivos, como sabe cualquiera que haya trabajado en grupo y ha visto que cuando empiezan a caer tortazos por no haberlo hecho bien, de repente todo el mundo se vuelve escurridizo como jabón dentro del agua. O, por el contrario, ha visto que cuando hay un reconocimiento por haberlo hecho muy bien hay unos súbitos codazos dignos de la lucha por un rebote decisivo en la final de la NBA.

Pero también es verdad en el ámbito individual.

Se le denomina el sesgo egoísta. Y viene a significar que aceptamos más responsabilidad en el éxito que en el fracaso. Porque nos sentimos más autores de las acciones que crean algo bueno que de las que crean algo malo.



Pensemos en el deportista al que cuando consigue un éxito le falta pecho suficiente para ponerse a sí mismo más medallas que las que llevaba el káiser Guillermo II en las celebraciones de gala.

Y pensemos en aquel que, cuando el éxito no acompaña, nanosegundos después de tener frente a él un micrófono ya está responsabilizando del fracaso a los errores en defensa tirando el fuera de juego, a la mala selección de lanzamientos de 3 puntos o al pobre trabajo de los ingenieros con su motocicleta.

Y es que el éxito nos gratifica emocionalmente porque tendemos a pensar que ha sido fundamentalmente por nosotros solos. El éxito es nuestro, los fracasos son de las circunstancias.

Segunda reflexión: la consistencia en el éxito.

Mucha gente alcanza un éxito puntual, pero lo valioso a ojos de uno mismo y de los demás es la repetición del éxito.

No vemos mérito en lo que se llama en la industria musical un one-hit wonder.

Alguien que una sola vez, porque estuvo inspirado o porque los demás no lo estuvieron o porque se le apareció la Virgen y todos los santos juntos creando una serie de rocambolescas y afortunadas coincidencias, logró un éxito.

El valor está en la repetición, en la consistencia, en la fiabilidad.

El éxito es un complicado alimento de difícil digestión

Porque el éxito crea en la cabeza la necesidad de más éxito.

Decía hará un par de años Gerard Piqué: “No nos cansamos de ganar”.

Como tampoco se cansan de ganar Jorge Lorenzo con su moto, Iñárritu con sus películas o Paulo Coelho con sus indescriptibles bestsellers.

Y es que el éxito gratifica nuestro cerebro haciendo que se vuelva adictivo.

Tercera reflexión: los riesgos del éxito.

El éxito es un complicado alimento de difícil digestión.

El éxito continuo, el éxito que no se ha limitado a un one-hit wonder, suele conllevar el peligro de cambiar a quien lo alcanza.

De cambiar su cabeza, ese lugar que prefiere el éxito para asentarse y causar estragos.

En Roma, durante la época de la República, había una costumbre que buscaba evitar que los generales que lograban grandes éxitos militares sucumbieran a la tentación de convertirse en dictadores y, en consecuencia, de acabar con la propia República.

Era una costumbre en la que participaban esclavos, quienes en Roma no eran considerados seres humanos, sino



similares a los animales. Eran vendidos como objetos y las mujeres romanas se desnudaban sin pudor frente a ellos, como lo hacían frente a un perro, porque no eran considerados personas.

Cuando un general romano había logrado un gran triunfo militar, era recibido por la multitud a su llegada y era aclamado mientras desfilaba por las calles de Roma llevando una corona de laurel en su cabeza.

Y ahí, justo detrás de él, en su mismo carruaje y apenas a unos centímetros de su espalda, iba un esclavo.

Un esclavo, alguien a quien no valoraban como un ser humano, alguien (o algo) de la más baja consideración.

Un esclavo que iba susurrando al oído del victorioso general durante el desfile una y otra vez la misma frase. Memento mori.

“Recuerda que has de morir”.

Así buscaban los romanos que la cabeza del general no se embriagara del éxito. Y se transformara.

Y es que, para resumir las tres reflexiones esbozadas, el éxito tendemos a verlo como fruto sólo de nuestra propia responsabilidad, crea adicción y, sobre todo, puede transformar la cabeza de quien lo alcanza.

Tal vez la forma de evitar esto último en las figuras públicas sea recuperar esa antigua tradición romana.
Por poner un ejemplo, con Valentino Rossi.

Y cada vez que haga un podio colocar detrás de él un político (por poner un equivalente moderno de alguien con la más baja consideración).

Un político que, entre el champán y los besos de las modelos, le vaya susurrando al oído: “Recuerda que un día perderás el cabello”.

Bueno, tal vez sea una terapia un poco excesiva.

Espera, no, que hemos dicho Valentino Rossi

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Javier Carro

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