Triunfar a los 68

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Reconozcámoslo, estamos obsesionados con el éxito pero creemos que disfrutarlo es algo reservado casi exclusivamente para la juventud, por eso idolatramos a las estrellas fugaces que nos dejan antes de que se apague su brillo.

Fundamos morbosos clubes de jóvenes exitosos que nos dejaron en el zénit de sus carreras y les rendimos pleitesía. Como el Club de los 27; un panteón cuyos huéspedes son Janis Joplin, Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain y Amy Winehouse. Todos exitosos cadáveres antes de cumplir los 28. La biografía más vendida de James Dean se titula, como no podía ser de otra manera, Live fast and die young. Quizás no nos obsesiona tanto la idea de triunfar como la idea de hacerlo rápido, de hacernos muy ricos y famosos cuando aún no tenemos arrugas y ni una sola cana. Y todo el mundo reconoce, por ejemplo, que personajes como Justin Bieber están ya en la cima del éxito y no nos cuestionamos la naturaleza del mismo. Al contrario, le dedicamos páginas y páginas, abducidos por el espejismo de su suerte. ¿Qué esperas de la vida? ¡Triunfar!… No se sabe en qué ni cómo, pero triunfar. Y nos queremos saltar todo el trámite, lo correoso de tener que trabajarlo. Como si nos fuera a llegar mediante una suerte de golpe divino, antes de los treinta, y como si a partir de entonces todo fuera una lamentable carrera en bajada que se precipita, cada vez más veloz, hacia la infelicidad absoluta.

Creo que la mayoría de nosotros no conocemos las palabras de Confucio: “elige un trabajo que te guste y no tendrás que trabajar ni un solo día”. Y es que trabajamos en lo que podemos, por lo general sin demasiada pasión, esperando ese golpe de suerte, ese momento de éxito que nos dará el salvoconducto para poder hacer lo que realmente querríamos haber hecho antes. Bueno, Herbert J “Burt” Munro no estaba entre la mayoría.

Burt Munro nació (cuando aún reinaba Victoria de Inglaterra)

 en Invercagill, un pequeño pueblo rural de Nueva Zelanda, el extremo sur del imperio británico. A los veinte años se compró una flamante Indian scout de 745 cc con una velocidad punta de 98km/h.

Aburrido de su trabajo como granjero, entró a trabajar como mecánico y vendedor en un taller de motos local y enseguida empezó el proyecto de su vida: conseguir que su Scout fuera la más rápida del mundo. La velocidad y la mecánica eran sus verdaderas pasiones y decidió dedicar su vida a ellas llevándose , de paso, su matrimonio y su casa. Desde entonces vivió rodeado, literalmente, de pasión pues fijó su residencia en el taller. Veinte años más tarde, en 1938, su Indian modificada marcó el récord de velocidad en una playa de Nueva Zelanda.

“Todo el mundo puede comprarse una máquina rápida e ir a más de cien millas por hora, pero yo creo que es más divertido comprarte una moto lenta y hacerla correr” decía entre risas.

Burt siguió trabajando en su taller cada día, excepto en Navidad, para hacer que su moto corriera cada vez más y no dudaba en recurrir a la ingeniería más radical para conseguirlo. Con grandes latas de frutas en almíbar construyó el carenado, fundiendo cucharillas de café fabricó balancines, con el plomo de viejas baterías hizo contrapesos y las nuevas bielas las fundió con un molde de arena hecho en la playa. Cada modificación era metódicamente probada ilegalmente en las carreteras rurales de Invercagill. ¿Sabe usted que ha sobrepasado en 100km/h el límite de velocidad en esta carretera? le preguntó un agente de tráfico. “Vaya, pensaba que iba bastante más rápido…”.



Siguió trabajando en su moto, sin prisa pero sin pausa. Le modificó el bastidor para conseguir una postura de conducción más aerodinámica, fabricó un depósito nuevo más pequeño y lo colocó encima de la rueda trasera, se deshizo de todo el circuito eléctrico y de la vetusta batería para ahorrar peso y lo cubrió todo con un carenado de aluminio pintado de rojo con forma de proyectil. En ambos lados se podía leer Munro Special Indian Scout 1920. Finalmente en 1962 con 63 años recién cumplidos y enfermo del corazón, decidió que podía conseguir el récord del mundo de velocidad en el lago salado de Bonneville en Utah. Convirtió su coche en una caravana, se fabricó un remolque para la moto y fue hasta allí.

“Si no te vas cuando quieres irte, cuando quieras irte ya te habrás ido” Burt Munro

Los organizadores se quedaron estupefactos cuando fue a inscribirse en la competición. Pensaron que era un hombre

demasiado mayor para competir con una moto demasiado vieja y que, además, no pasaba ningún tipo de homologación. No tenía paracaídas de freno y por no tener no tenía ni siquiera frenos de disco. Los neumáticos no tenían el dibujo especial para aquella superficie, de hecho, eran aún los originales pintados con betún para disimular las grietas en el caucho. Burt no tenía ni siquiera un traje de piloto adecuado ni un casco integral. Evidentemente no le dejaron inscribirse.

Pero no había esperado cuarenta años ni cruzado medio mundo para irse de vacío y decidió quedarse para buscar su oportunidad. “Esfuerzo, concentración y bueno, la ayuda de algunas chicas guapas es lo que me mantiene vivo, lo que me diferencia de una lechuga” confiesa en el documental Offerings to the God of Speed de 1971. Burt era un tipo campechano, simpático y con una peculiar filosofía de vida y con el favor de la gente que había conocido durante aquellos días en Bonneville consiguió que los jueces le permitieran correr por la infinita línea negra recta pintada en la sal pero, eso sí, fuera de la competición oficial.



Se vistió con sus pantalones de la suerte (los mismos que llevó en su boda) metidos en los calcetines, con unas zapatillas de suela de goma y una cazadora de cuero, y arrancó su Indian.

Al principio su marcha era lenta y sinuosa, a punto de caerse un par de veces. El público asistente y los jueces sonreían convencidos de que no llegaría ni siquiera a la marca del cuarto de milla. Pero la Munro Special seguía en la pista y acelerando.

Superó los 98km/h de la moto de serie y rápidamente se puso a 150 km/h.

“El peligro es la esencia de la vida. Hay que arriesgarse de vez en cuando, eso hace que la vida valga la pena” Burt Munro

Cuando pasó la segunda marca ya superaba los 200km/h. El público, resguardándose del intenso sol bajo las sombrillas, animaba muchos metros atrás. Cuando superó los 250Km/h los jueces no daban crédito. Al cruzar la marca final el registro fue de 288km/h. Burt había batido el récord mundial de velocidad con una moto de menos de 1000cc. El lago de sal, atónito, celebró por todo lo alto la gesta de aquel obstinado neozelandés a lomos de su fiel motocicleta.
Volvió varias veces a Bonneville y en 1967, con 68 años, consiguió una marca de 295km/h con una moto de menos de 1000cc y más de 40 años en sus ruedas. Esa marca aún hoy no ha sido superada. Cuando bajó de la moto, los periodistas le preguntaron “Sr. Munro, ¿cuál es el secreto para batir otra vez el récord de velocidad?” “Bien, -contestó con su eterna sonrisa- la única manera de ir rápido en moto es tener todo el tiempo del mundo para probarla”…


Fuente foto Destacada: Licencia CC Attribution-Share Alike 2.0; Autor: Anne Beaumont
Fuente foto Réplica de la motocicleta india de 1920 : Licencia CC Attribution-Share Alike 3.0; Autor: DO’Neil
Fuente foto réplica especial india de Burt Munro de la película : Licencia CC Attribution-Share Alike 3.0; Autor: Midnight bird


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Carlos De Javier

Carlos De Javier


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