Elogio de la decadencia

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En una ocasión preguntaron al poeta Antonio Lucas qué era eso de la vida: “Eso mismo me pregunté ayer a esta hora y me perdí la puesta de sol”. Algo así debió pensar Casey Stoner cuando decidió decir adiós, con la mirada perdida y el gesto serio, a su carrera en el mundo del motociclismo con sólo 27 años.

Cuando lo tienes todo controlado, de repente, la vida se encarga de decirte: “¡Eh, yo también juego y, además, con las cartas marcadas!”. Seguro recordó a Gabriel García Márquez y su distinción entre la vida pública, privada y secreta de los escritores. Cuando lo llamaron de la Academia con la noticia del Nobel, le dijo a Mercedes: “Me jodieron”. O lo que es lo mismo, su vida sería ahora más de todos que suya. Un día, la vida puede disponer e ir deshilachándose hasta romperse. Entonces, aquello que has deseado con la calma del estratega, de pronto desaparece por el sumidero de las expectativas. Parece obvio pero lo verdaderamente importante, al final, es lo que te queda más cercano: aquella persona a la que amas, aquel a quien confías tus pensamientos, con quien compartes una conversación a deshoras… En palabras de Rudyard Kipling: “Al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”. No me atrevería a tratar con indiferencia nada. En el caso de Stoner no hablaría de un fracaso como sí de éxito, cuando comprendes que la vida se convierte en victoria tan pronto uno la asume sin rubor. Aun a costa de atreverte a echar por tierra aquellos esbozos de futuro, de tumbar sueños, de sepultar aquellas ambiciones que crecieron contigo como castillos en el aire para terminar acogiéndote en la soledad de la realidad.

elogio-de-la-decadencia-stonerCasey, aquel chaval de pelo rubio puntiagudo, tímido, silencioso y unos ojos con la profundidad del azul más naíf que al mirarlos ni imaginabas que el mismísimo infierno de la despedida se abriera ante ellos. Ese chaval que pillabas dando vueltas en boxes, que se escondía dentro de su casco como avergonzado. Avergonzado de lo bueno que era. El que, en su salida, con sólo un par de vueltas, se colocaba en cabeza de carrera subiendo a lo más alto del podio. Arañando una décima en cada giro. Quien con sólo 27 años ya había completado miles de vueltas, también fuera de la pista, trepidante desde que con sólo catorce años se mudó al Reino Unido para poder convertirse en piloto de MotoGP. Que su familia vendiera todo cuanto tenía en Australia e hiciera las maletas para que su hijo pudiese correr fue el principio de ese rastro de escarcha forjado en un celo paterno extremo. Ese celo que fue el detonante de esa rebeldía entrenada a golpes como un boxeador contra el saco del seno familiar que terminó asfixiándoleAntes de arrojarse al camino del olvido lanzó al mundo un crochet encadenando un gancho zurdo convirtiéndose dos veces en campeón del mundo. Stoner puede presumir de haber sido el único piloto capaz de domar la brutal Ducati Desmosedici logrando subir a lo más alto del podio en 23 ocasiones. 

Aquel Stoner que se despegaba con velocidad de sus rivales, ajeno a las escaramuzas que se producían a rebufo de su rueda, terminó aprendiendo a gestionar ambos impostores: el triunfo y el fracaso. Porque tanto en el deporte como en la vida, alcanzar la gloria sólo se consigue cuando has asumido cada fracaso como una oportunidad para reinventarte, para levantarte y volverlo a intentar, palabra de Pau Gasol. A poco que prestes atención aprendes que en la vida de todo lo que tiene importancia sueles dudar, para no perder la costumbre de seguir acertando o fracasando.

Cuentan de él que jamás le escucharías decir algo que no pensara. Podría parecer tosco, pero nunca un hipócrita. Era un espíritu libre sin estar dispuesto a creerse la historia tal y como se la contaban. Por eso lo dejó, porque ya no se divertía. Sin más. Perdiendo la pasión. El testimonio del abandono. La belleza de lo decadente. Lo que asombró a muchos fue su verdad. La elegancia de no dejarse nunca arrastrar por lo patético de la santurronería. La dignidad de un adiós del que ha sabido amar una profesión con todos los mimbres con los que se fabrica una gran pasión: la ambición, la ilusión, las promesas a cumplir y la soledad del ganador. Sin miedo a exponerse a la intemperie. Que no importa lo que duren las victorias y las loas. Importa despedirte de lo que es tu vida de una forma apasionada y a la vez crítica.

 

Llamadlo desencanto

No lo llaméis fracaso. Llamadlo desencanto. Ese estado de ánimo, producto de la decepción, de la desilusión entre lo imaginado o soñado que pasaría y lo que realmente sucedió.  El piloto con las cualidades innatas más impresionantes que jamás hayáis conocido nunca, te reconocía los técnicos a los que preguntabas. Podría haber ganado los títulos que hubiera querido, salvo por algunas cosas, que diría algún presidente recién dimitido: el rumbo que tomaba el campeonato, motos de fábrica conviviendo con motores de serie y chasis artesanal. “La gente debería reflexionar sobre qué tipo de Mundial tiene delante de las narices. Sería fantástico volver a ver grandes peleas entre los pilotos en cabeza. Este no es el Mundial del que me enamoré, no es el que siempre he querido correr”. El australiano no estaba hecho para estar ahí. Y, arriesgó. El mundo está cuajado de suficiente asfalto para correr y gastar rueda, pero si alguien derrapa y usa cualquier forma de sinceridad, cualquier crítica cierta pero políticamente incorrecta, cualquier gesto que altere el sacro orden del Universo… o te creas espacios de aislamiento a tu alrededor o la contaminación mediática puede contigo. Como de hecho fue el caso.

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“Odiaba la atención que despertaba, la gente que hablaba de mí. Prefiero ser un pequeño ratón en una esquina, olvidado”. Stoner no era el embajador ideal para el deporte, pero ¿a quién le importaba? Una de las cosas más importantes en la vida es ser tú mismo. ¿Realmente queremos que un corredor de motos sea unas relaciones públicas ante las cámaras? ¿Decir siempre lo correcto? ¿Sonreír siempre a los flashes? En definitiva, ¿verte sometido a leyes y normas? Stoner comprendió que sólo a las indispensables. Un día descubres que a tu tensión arterial le iría mejor vivir con la dosis justa de sumisión. Ni una gota más.

Paul Mayersberg escribió en La casa encantada: ·” El romanticismo del fracaso puede parecer casi tan atractivo como el triunfo. Hay en él cierto encanto, incluso cierto heroísmo. Precedido por el eco de la fama, la leyenda y la fortuna que proporcionan el triunfo. No el triunfo romántico del fracaso, sino el del éxito como un fenómeno aislado”. Como una extrañeza.  Se creó una reputación tan narrativa como efímera, creó su nueva vida en una casa en medio del campo en Australia con cientos de vacas. Simplemente un hombre tímido y familiar con un talento prodigioso sobre dos ruedas. Pero dos prioridades en su interior: mantener sus valores y él mismo. Y dentro de esos dos vértices, el amor. Estabilidad familiar. La experiencia amorosa convertida en un diálogo entre la imagen que el asfalto retrataba y su conciencia.  La vida tiene algo de desmedida y de salvaje. Su osadía llevando la velocidad al límite no se puede concebir sin su propia forma de entender la vida: arrancar desde el apetito de vivir hasta el desgaste del adiós.

Arrastrando heridas abiertas, pero ya no por las que respiraba. Hace poco pisó, de nuevo, los circuitos, “un intento de sobrevivirme”, pensaría. No darse por vencido. Porque se puede perder el combate por KO, incluso por inferioridad, pero por abandono no. Ningún gran púgil ha abandonado una pelea… Ni que hubiera leído alguna vez al gran Manuel Alcántara. Comprendiendo que el aire nuestro, que diría Jorge Guillén, es más necesario que el pan nuestro de cada día. Y que como nos dejó Gil de Biedma: “Que la vida iba en serio / uno empieza a comprender más tarde / como todos los jóvenes, yo vine / a llevarme la vida por delante. Dejar huella quería / y marcharme entre aplausos…

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Fotos:

Cabecera. Autor: Gogovisual

Stoner casual. Autor: bepak8

Stoner box. Autor: MotoGPItalia

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