El origen del fenómeno cafe Racer

Gene Vincent apareció con muletas y exhibiendo su cojera. Saludó al público y saltó a la pata coja por todo el escenario hasta agarrarse al micrófono. Dueño de una estampa grotesca, bailaba con dolorosos espasmos mientras sudaba una mezcla de alcohol y brillantina. Enfundado en cuero negro y botines puntiagudos, se parecía más la versión eléctrica de Ricardo III que a una estrella del rock. Nadie hubiera dicho que los chicos de clase obrera del norte de Londres enloquecerían con un personaje de Shakespeare. Pero ninguno de ellos había puesto nunca el pie en un teatro. ¡Menudo coñazo! Les gustaba el rock’n’roll que nunca escucharían en la BBC. Ese que escandalizaba a sus padres. Gene Vincent era feo, tullido y alcohólico, pero no era blando como Elvis, Adam Faith o Billy Fury. No. Él parecía haber salido de un oscuro orfanato de Dickens. Mal alimentado y blancuzco como todos los jóvenes de posguerra en Inglaterra. Era la anti-estrella que todos podían ser. 

La nueva escena del rock’n’roll sentía devoción por el motor quizás por ser un símbolo inequívoco de libertad personal. “Mi chica se piró en un Cadillac nuevecito. Yo dije, ¡Dios mío! ¿De dónde lo has sacado? Y ella contestó ¡Que te den papaíto! Yo nunca volveré”. (Vince Taylor, Brand New Cadillac). Si los teenagers americanos eran devotos de los coches, los ingleses lo eran de las motos. El rtir Gene Vincent fue santificado por destrozarse la pierna al estrellar su Triumph contra un taxi.  Así que nada de coches. Además, en América podían vacilar con un Ford coupé hot rod del ‘32 pero en Londres… ¿quiépodría realmente hacerlo conduciendo un Morris Minor? Ni pensarlo. Los coches eran para conducir los domingos y llevar a toda la familia de picnic a Derbyshire. Para ser un auténtico rocker había que llegar al garito subido en una moto -como Brando en The wild one– y cuanto s rápida mejor. Los cafés de camioneros del cinturón industrial londinense se llenaron rápidamente de chavales de clase obrera exhibiéndose con sus Royal Enfield, recuperadas de la guerra y repintadas de negro. Quizás eses veteranas motos eran un verdadero hierro, pero despojadas de todo lo superfluo y con el depósito lleno de autoestima de bajo octanaje aún eran capaces de alcanzar una velocidad decente. En poco tiempo El Ace Cafe, el Busy bee cafe, el Rising Sun y el Squires coffe bar, por citar sólo los más concurridos, se convirtieron en “The-place-to-be” los sábados por la noche. La fiesta consistía básicamente en hacer carreras de café en café durante toda la noche para luego pavonearse delante de las chicas. Fue un camionero, noctámbulo habitual, quien harto de las correrías de esos impertinentes de flequillo largo y sus escandalosos séquitos espetó: “Vosotros no sois verdaderos corredores. No sois como Geoff Duke. Tan solo sois corredores de cafés”. Pero lo que nació como insulto, cafe racer, sonaba francamente bien y fue aceptado con gusto. 

cafe-ace Concierto Rock Ace Cafe

 

Cada vez que el santo tullido del rock’n’roll aullaba algo como: “bueno yo pensaba que era un tío listo y que había ganado la carrera, pero oí venir al diablo a ciento una milla por hora” (Race with the devil, Gene Vincent), todos los motores empezaban a rugir. Y es que entre los que adoraban el culto a la velocidad, alcanzar las cien millas por hora en moto por las calles de los suburbios se convirtió en una auténtica religión que bautizaba, en un rio de gasolina y grasa, nuevos fieles cada fin de semana.  

Ahora quizás parece mico apostar a ver quién consigue llegar a los 120km/h en moto, pero hacerlo entonces con aquellos trastos pesados, sin apenas frenos, rodando sobre las pequeñas y enrevesadas carreteras de Hertfordshire no era tarea cil. Do the ton, así llamaban el reto. Era una actividad de riesgo y ser un “ton-up boy” era un título que no ostentaba cualquiera. De hecho, 1 de cada 4 la palmaba en el intento (seguramente también porque priorizaban el tupé al cráneo). La funesta estadística empeoró con la salida al mercado de lo que serían las motos de serie s rápidas del momento -con permiso de la indian scout de Burt Munro- La Vincent Black Shadow y la Triumph T120 Bonneville (topónimo que rinde pleitesía al gran lago de sal en Utah donde se estableció el record de velocidad). El periodista Hunter S. Thompson  escribió:Si montara en la Black Shadow a toda velocidad durante un cierto período de tiempo, casi seguro que moriría. Es por eso por lo que no hay muchos miembros vivos de la Vincent Black Shadow Society.” 

Gene Vincent

El rock’n’roll marcaba un ritmo gamberro nunca oído en la Inglaterra de posguerra. Por ejemplo, Eddie Cochran, el que fuera un verdadero icono juvenil (además de compañero de correrías de Gene Vincent) pasó a mejor vida al estampar su coche contra una farola en Chippenham después de salir torcido de un club a altas horas de la madrugada (Gene Vincent se salvó por los pelos) mientras el sencillo “I fought the law” de Bobby Fuller, indiscutible alegato a favor de la delincuencia llegó al Top Ten del UK billboardRompiendo rocas bajo el sol, luché contra la ley y la ley ganó. Robando a la gente con mi revólver, luché contra la ley y la ley ganó”. En la carrera de “a ver quién la a más” nadie quería quedarse atrás. Jerry Lee Lewis se casó con su prima de dieciséis años y fue acusado de pederasta y Chuck Berry fue detenido en Heathrow por intentar pasar por la aduana una funda de guitarra llena de anfetaminas. Rebelarse vendía muchos discos. Las estrellas del rock estaban totalmente fuera de control y sus fans, los ton-up boys, lanzados sobre sus potentes bicilíndricas por todas las carreteras del país empezaban a ser considerados un peligro blico. La sagrada búsqueda de la velocidad podía ser una noble causa para ellos, pero para sus padres era un reto y una amenaza.  

La noticia de que Cliff Richard and the Shadows iba a va a tocar en la parroquia de St. Mary of Eton en Hackney Wick corrió como la pólvora. El patio se quedó pequeño ante la avalancha de público. Esa noche el reverendo John Oates abría oficialmente el Club 59 con el cartel de Sold out colgado en la puerta de la iglesia. Era un club sin reglas. Ni siquiera era necesario asistir a misa. Pretendía ser un lugar en el que todos los jóvenes que vagaban azarosos por las calles poco privilegiadas del este de Londres podían entrar a pasar el rato. Bill Shergold, reverendo aficionado a las motos, vio en el club una oportunidad para conseguir la redención de los descarriados rockers y abrió la sección para motoristas poco después. Cambió la sotana por el cuero, el alzacuello por un collar de perro y condujo su moto hasta el Ace Cafe en busca de ovejas negras. Les ofreció café gratis, billares, conciertos y, sobre todo, un gran patio para aparcar sus motos. En menos de un año era el club social más grande de Inglaterra con una lista de espera de 900 miembros. El reverendo Shergold cambió su BSA Bantam por una flamante Norton con la que se paseaba por la ruta de los cafés y la parroquia fue popularmente conocida como Vic’s Caff. Los jóvenes acudían en masa desde todo el país, aunque nunca en horario de oficio. 

El Club 59 es aún hoy el club motociclista con más miembros (fuera de la cárcel), superando incluso a los Hell’s Angels y, aunque no todos sean devotos de Gene Vincent, apostaría a que ninguno va demasiado a misa.  

Los Ton-up boys ya no circulan por las carreteras del mundo, pero a todos los que montamos en moto nos gusta de vez en cuando cambiar las corduras por cuero negro y apretar la maneta donde no se puede para luego pararnos en un café de carretera y explicarlo. ¿a que sí? 

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Fotos:

Cafe-racer-Author: Smudge 9000 , Flickr
Concierto rock-Author: Smudge 9000 , Flickr
Cantantes rock-Author: Smudge 9000 , Flickr

Carlos De Javier

Carlos De Javier

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