Diez ilógicas reacciones que tenemos en moto… por miedo

Albi AlbarránAlbi Albarrán5 septiembre, 20172min2520

Diez ilógicas reacciones que tenemos en moto… por miedo

Sin duda que nuestra naturaleza no está preparada para el miedo. Éste es una emoción que nos provoca una intensa sensación por la percepción de un peligro, real o supuesto.

Las reacciones que aparecen cuando tenemos miedo pueden ser de lo más absurdo ya sea en la vida cotidiana o cuando montamos en moto. Simplemente reflexionando sobre esas pequeñas tonterías que hacemos en nuestro día a día nos encontramos situaciones tan ridículas como cuando estás en la cama en el silencio de la noche, oyes un ruido extraño y ¿qué es lo que haces? Efectivamente, algo tan absurdo como taparte con la sábana. Seguro que con este gesto te salvarás de cualquier agresión. Todos sabemos que una sábana es el más duro y eficaz de los escudos protectores.

Como este ejemplo os podéis imaginar otros muchos, entre ellos mirar debajo de la cama o dentro de un armario, que se suman a nuestro particular absurdo por miedo. El día que nos encontremos a alguien allí, ¿qué haremos? Seguramente otra vez algo ilógico movidos por el miedo: paralizarnos.

Pues bien, desde el momento en que subimos a la moto, e incluso antes, también tenemos reacciones de este tipo. Absurdos.

Nos montamos en la moto, todo parece en orden. La ponemos vertical, quitamos la pata de cabra, damos el contacto. Arranca, pero incluso antes de apretar la maneta de embrague y meter primera, volvemos con nuestro pie a realizar el movimiento de retirarla. Algo ilógico, acabamos de plegarla pero preferimos comprobarlo de nuevo, incluso cuando tenemos un testigo en nuestro cuadro de instrumentos que nos indica que no hay impedimento alguno para comenzar nuestra marcha sin peligro de trabarnos. Pero el miedo a ese pequeño susto que en ocasiones puede acabar con nosotros en el suelo, nos lleva a esa segunda comprobación.
Llega nuestro primer cruce una vez que hemos salido, ponemos el intermitente, nos incorporamos a la vía y pulsamos de nuevo para quitarlo. Pues bien, por muy seguros que estemos de haber quitado el intermitente, siempre en nuestra mente queda alojado el temor de estar señalizando una maniobra que no vamos a realizar, o un raro complejo de atracción de feria llena de luces. Resultado. Iremos dando al botoncito del intermitente una y otra vez para quitarlo. ¿Por qué? Por si acaso. No le busquéis otra explicación porque todos lo hemos hecho.
Acabas de salir, has comprobado hasta en dos ocasiones que llevas todo y que todo esta en su sitio, pero tus peores pesadillas cobran vida en tu cabeza. ¿Y si llevo la cremallera abierta y mi apreciada manzana mordida acaba rodando por la carretera? Entonces, irremediablemente, tu cerebro dará orden de comenzar otra intrépida maniobra de malabares en marcha para comprobar que llevas todos tus bolsillos cerrados y además, la cartera, teléfono y llaves están en su sitio.
Algo golpea tu casco en plena recta. No había ningún peligro. Ibas circulando solo y algo que ni si quiera has visto ni por donde venía ha impactado en tu casco, haciendo tal ruido en tu cabeza como si de un misil tierra aire se tratara. ¿Qué se te ocurre? Cerrar los ojos. Fruncir el ceño, subir los hombros y encoger la cabeza, como si por arte de magia te hubieras convertido en una tortuga Ninja y pudieras meter la cabeza dentro del caparazón. Menos mal que lo de cerrar los ojos dura milésimas de segundo, aunque lo de volver a relajar los hombros y sacar la cabeza te cuesta más tiempo. ¿Será por si vuelven a disparar otro misil?
Si por cualquier casualidad, una vez en ruta nos topamos en nuestra misma dirección con un coche de la Guardia Civil, se produce uno de los efectos más curiosos por miedo a ser multado, el efecto Safety Car de la F1. Una interminable fila de vehículos respetando escrupulosamente la limitación de velocidad de la vía, se forma tras él. Incluso como si existiera una norma no escrita que impide adelantar a un coche de la Guardia Civil. ¿Por qué? Por miedo, sin duda, el otro día vi producirse el efecto safety con la furgoneta de atestados. Absurdo.
Las motos no han evolucionado como los coches en el tema de los puntos muertos a la hora de mirar por lo espejos retrovisores. Es más, diría que en algunos modelos de motos han empeorado, montando retrovisores muy bonitos estéticamente hablando, pero que dejan mucho que desear en cuanto a la función para la que son creados. Pero no os preocupéis, que lo que no solucionan los fabricantes, lo hacemos nosotros con nuestro irracional miedo. Ajusta por lo menos dos o tres veces en cada salida los espejos y, si no estas muy seguro, una mirada rápida al estilo MotoGP™ también ayuda.
No vayas a poner los pies en el asfalto para esperar que el semáforo se ponga en verde. No sé si es miedo o una manía más, pero el caso es que cada vez somos más los que jugamos a “ponte en verde o me caigo”. Eso sí, nada de apoyar los pies en el suelo. Eso sólo queda para los carentes de equilibrio y yo salgo directamente del circo del sol para montarme en la moto.
Si has sucumbido a poner los pies en el suelo, hay veces que un semáforo se convierte en una auténtica de parrilla de salida. Pero además, de las que se respira tensión antes de que se ponga el semáforo en verde. Y aquí es donde aparecen varios tipos de miedo y sus absurdas soluciones. Miedo a que se pare la moto. Solución, acelerar casi compulsivamente y con ritmo acompasado de tres por cuatro. O miedo a que el enlatado que hay a tu lado y que aún no se ha dado cuenta de tu presencia te lleve por delante. Solución, hay que poner las cosas claras desde el primer momento y la manera que nos dicta nuestro miedo interior es la de dar un buen golpe de gas contundente para anunciar nuestra presencia por todo lo alto.
Como una oración tántrica se repite este absurdo en nuestro cerebro. Si estás en una situación de apuro donde tienes que esquivar algo irremediablemente, el miedo te va a jugar una mala pasada no pudiendo apartar la mirada del objeto. Además ejercerá una atracción de la que es difícil escapar en esos momentos. Y si todo esto fuera poco, cuando todo está ya fuera de control y se aproxima el momento de bajarse de la moto de una manera poco decorosa ¿cuál es la primera reacción que se nos ocurre para solucionar la situación? Efectivamente, sacar los dos pies de nuestras estriberas. Ahora que con las dos ruedas no hay solución, con mis dos pies arreglo todo en un santiamén.
También a la hora de aparcar nuestra moto en una cuesta, el miedo que nos invade sólo al pensar que cuando regresemos nos podemos encontrar a nuestra más querida pertenencia estampada contra el suelo, nos hace seguir un ritual de lo más absurdo: ponemos la pata de cabra, giramos el manillar, soltamos con miedo para ver qué es lo que sucede y si todo está en orden nos bajamos con cuidado. Pero es hora de someter la moto a un temblor que ni el Señor Richter lo tiene contemplado en su escala de los terremotos. Una vez con el pie en tierra zarandeamos la moto para ver si aguanta en posición vertical. Aunque estuviéramos aparcando en la misma falla de San Andrés creo que no conseguiríamos tal temblor.

Pero sin duda alguna, la soledad es el peor de los miedos. Si mi casco hablara sobre lo que me ha oído decir durante todos estos años en la soledad de su interior, eso si que daría miedo.

Albi Albarrán

Albi Albarrán


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El mundo no estaba esperando una nueva revista de motos, por eso ésta no es una revista de motos. Es una revista en la que la gente escribe sobre cosas que les parecen interesantes, eso si, con las motos como hilo conductor. El resultado: apasionante y desconcertante a partes iguales, porque uno empieza a leerla pensando que va a leer artículos sobre motos y la mayoría de las veces acaba enganchado a algo interesantísimo sobre cualquier otra cosa.


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