Mar de asfalto

Jose María Albert De PacoJose María Albert De Paco21 junio, 20177min3530

Mar de asfalto

Tres chavales de unos 12 años se detienen frente al escaparate de una agencia de viajes, atraídos por un decorado que evoca el Caribe y que contrasta vivamente con el tono plomizo, como de crematorio a cielo abierto, de las calles del barrio, en el extrarradio de Madrid.

En cada extremo de la vidriera hay una palmera artificial, del techo cuelga una esfera anaranjada que remeda el sol, y un ribete azul representa, al nivel del suelo, el mar. En el centro del retablo, una mulata en bikini ofrece, solícita y sonriente, un cocktail tropical al viandante. A Rai, Manu y Javi también ella les parece de verdad. Un cartel anuncia los destinos: Cuba, República Dominicana, México. De los tres muchachos, sólo Rai sabe que las siglas AD significan ‘alojamiento y desayuno’. Se lo dijo su hermano, que también le contó que en Cuba te sirven el desayuno en la cama, y que si quieres también te hacen una mamada, y que las negras se contonean de ese modo porque tienen una vértebra más que las blancas. Javi no da crédito (‘porque tienes envidia’, dice Rai) y Manu le pregunta si lo del desayuno es cierto.

En el súper, Rai rellena un boleto para participar en el sorteo de un viaje al Caribe. Hay otros premios, pero lo que a él le nubla la vista es el viaje al Caribe, siquiera para constatar que nadie te sube el desayuno a la cama. Qué palabra tan hermosa, caribe, cómo no va a ser hermoso lo que lleva dentro.

Ahora están plantados frente a un establecimiento de trofeos. Una vez más, un vidrio parece alzarse entre ellos y todo aquello que les está vedado. Fijaos en esa copa, dice Rai, es como un caballo. Sí, pero para premiar a quién, ¿a ajedrecistas o a jinetes?, pregunta Javi. En el barrio no hay jinetes, murmura Manu.

 

mar de asfalto antiguo

 

Tampoco ajedrecistas, replica Rai, quien, al cabo, incitará a sus amigos a asaltar la tienda. Asombrosamente, no les mueve otra aspiración que tomarle las medidas al mundo, aunque sea a hurtadillas. A Rai le llama la atención un trofeo coronado por la silueta de un hombre con el agua al cuello y el brazo derecho extendido hacia delante. No le cabe duda de que es un tipo calvo que se está ahogando, y así se lo dice a Javi, quien, en cambio, cree que se trata de un nadador, y que lo que él interpreta como calvicie es en verdad el gorro. A Rai la realidad empieza a resultarle un galimatías. “¡Un gorro! Qué vas a saber tú si no sabes nadar y sí, vale, yo tampoco sé pero sé de ahogados porque he visto a uno en la tele y sé que son azules porque se les pone la cara del color del mar. Listo”.

Hartos de ver pasar las horas, Rai, Javi y Manu buscan refugio en el túnel del antiguo ferrocarril, el único lugar donde se saben príncipes.

No en vano, es también guarida de sinpapeles, drogadictos y demás descartados de la sociedad. Hoy sabrán que uno de esos descartados es el hermano de Rai, al que éste tenía por un profesional de éxito; cómo, si no, llegó a conocer el Caribe.

“Arriba, que son las doce; no sé ni cómo puedes dormir con este olor.” La madre de Rai ha entrado en su habitación para aireársela y le ha dejado una carta sobre la sábanas. Rai se sacude el letargo y tantea el sobre en busca de una doblez por donde introducir la uña. La parte frontal lleva el membrete de una empresa de transportes.

Un camión llega al barrio con gran fanfarria y aparca frente a la colmena de Rai. Dos mozos bajan de la caja, envuelta en una sábana, una moto de gran cilindrada. Sólo le falta el lazo.

asfalto de mar

El enjambre de vecinos que, expectantes, rodean el vehículo, jamás olvidará este día. En ese momento, no obstante, aún no se explican por qué Rai, que es, sin duda, el agraciado, atiende con pesadumbre al tipo trajeado que le tiende el comprobante. “Que la disfrutes”. Una moto, en efecto. Acuática. La jauría se carcajea: estamos en una película y ha de conducir la emoción del espectador.

Una vez mitigada su perplejidad, Rai decide ponerla a la venta. A tal fin, cuelga un anuncio en el tablón del supermercado. Se trata del mismo supermercado en el que rellenó la papeleta del sorteo. Medita la posibilidad de que no haya nadie interesado en una moto acuática en muchos kilómetros a la redonda.

Tantos como lejos está el Caribe. Pero por él no va a quedar.

 

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El mundo no estaba esperando una nueva revista de motos, por eso ésta no es una revista de motos. Es una revista en la que la gente escribe sobre cosas que les parecen interesantes, eso si, con las motos como hilo conductor. El resultado: apasionante y desconcertante a partes iguales, porque uno empieza a leerla pensando que va a leer artículos sobre motos y la mayoría de las veces acaba enganchado a algo interesantísimo sobre cualquier otra cosa.


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