Pitufo

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Tenía los músculos molidos, le pesaban los párpados, le dolía la cabeza. Llegó muy cansado a la entrevista en televisión.

Había tenido una larga, insoportable y aburrida reunión con todos los mecánicos y había tenido que estar muy correcto, profesional, sonriente y amable ante su más importante patrocinador. Y encima había discutido acaloradamente y durante media hora con su chica por culpa de un almuerzo en el hotel que tuvo que cancelar. La dejó tirada, vamos. Otra vez, una vez más. Con esa pesada mezcla de realidades y sensaciones en la cabeza pasó por delante de dos altos bigardos que trabajaban de cámaras y se sentó en el plató improvisado e insonorizado en el circuito. Más bien se derrumbó, aunque disimuladamente, en la cómoda silla blanca preparada para la entrevista.

Las primeras preguntas de su entregado y agradable entrevistador, un chaval que no llegaba a los treinta, fueron las de rigor: “¿Por qué decidiste cambiar de equipo ese año?”, “¿Cómo te sientes ahora en el nuevo?”, “¿A qué contrincante admiras más?”, “¿Qué objetivos te planteas para la próxima temporada?”… A todas y cada una de las rutinarias preguntas contestó él de forma correcta pero mecánica, con una respuesta idéntica a la dada en decenas de entrevistas parecidas, casi clonadas. Luego el joven entrevistador fue más concreto.

— ¿Su baja estatura resulta un problema para su pilotaje?

Le sorprendió lo de la baja estatura, que el tipo entrase en esos peliagudos y personales terrenos.

— La verdad es que resulta muy duro, sólo hay que ponerse en mi lugar para saber lo complicado que es. Ponte en mi sitio por unos segundos, si puedes. A veces me pregunto qué sería siendo sólo quince centímetros más alto de lo que soy para tener mejor posición encima de mi moto. ¿Entiendes lo que digo?

— Claro, por supuesto. ¿Qué ganarías, específicamente?

— Para empezar, mucho en aceleración. Una barbaridad. Muchos cafres me dijeron que con esta estatura jamás sería capaz de ganar en MotoGP™. Y me temo que estaban muy equivocados. Bastante. La realidad y mi cabezonería lo han demostrado.

— ¿Puede especificar un poco más?

— Claro. Si pesas menos que el resto, no siempre tienes la misma tracción que ellos. Por eso me he hecho famoso levantando la moto tan rápido, a veces jugándome una buena caída.

— Es lógico, y arriesgado. Pero ¿sólo por eso?

— Principalmente, claro. Si estoy inclinado, no tengo el agarre que tienen otros. Me afecta también en los cambios de dirección. Ten en cuenta que mis músculos son mucho más pequeños que los del resto de pilotos. A nadie le viene bien ser tan pequeño en una moto tan grande. Puedo acelerar un poco mejor en la recta, pero en las frenadas es otra cosa muy diferente. Me cuesta mucho más controlar la moto. ¿Se entiende?

— Claro, porque no abulta tanto.

— Exacto, y tengo los brazos y las piernas mucho más cortos de lo normal y no puedo repartir el peso igual que lo hacen casi todos mis contrincantes.

— Entonces, hay más desventajas que ventajas. Supongo.

— Supone bien. Soy capaz de hacer la misma fuerza que los demás, pero con mucho menos cuerpo, claro. Esto se tiene que entender. El principal reto para mí son los centímetros. Soy bastante pequeño y me cuesta mucho dominar una moto que es tan potente. Ten en cuenta que es una MotoGP™. Pero da igual, la verdad es que sigo luchando para ganar físico y sé que voy a estar cada vez más fuerte, sé que me voy a adaptar perfectamente. Lo tengo bastante claro.

El joven continuó preguntando siguiendo rigurosamente su cuestionario, escrito en una pequeña libreta. Él seguía muy cansado, realmente agotado. Tenía sed, tenía hambre, tenía ganas de ver a su chica, de pedirle perdón, de admirar otra vez esos ojos azules, de besarla, de abrazarla, de comerle la oreja, de hacerle el amor, de dormir sin mirar el reloj, de desaparecer por unos días… Pero entonces el joven periodista le hizo una pregunta que no esperaba en absoluto: “¿A qué le tiene miedo?”. Pensó la respuesta durante más de un minuto, el entrevistador hasta se incomodó por la extraña tardanza.

— ¿Me ha entendido la pregunta?

— Sí, perfectamente. Perdone.

— Tranquilo, si quiere descansamos un momento, no hay prisa.

— No, no, tranquilo, no pasa nada.

— ¿Entonces?

Lo volvió a pensar durante largos segundos.

— ¿Necesita unos minutos?

Los necesitaba. Muy amablemente, se levantó de la silla y pidió un poco de tiempo para seguir con la entrevista, unos pocos minutos a solas, en la cafetería.

— Ningún problema, tranquilo. Yo espero aquí.

— Mil gracias.

Le relajó comprobar que el entrevistador no tuvo problema alguno, que lo entendía perfectamente. Tenía que tomar algo y pensar en lo que le acababan de preguntar. Miedo. Pidió una CocaCola y un buen bocadillo de tortilla. Tenía buena pinta, aunque el pan era algo infame. Miedo. ¿A qué venía esa pregunta? ¿Por qué la había hecho? Claro que sabía lo que era el miedo. A la perfección. Lo pensó durante largos minutos en aquella barra en la que los dos camareros cuarentones y fondones lo miraban con poca disimulada admiración. Miedo. Pues claro. ¿Miedo? Sí, por descontado. Toneladas de miedo a regresar cada mañana al puñetero instituto y a que lo volvieran a llamar enano, tapón, chaparro, pigmeo o pitufo. Miedo a sus profesores, a no saberse la lección, que nunca se sabía. Miedo a que se burlasen de él en el gimnasio, ante su pequeño y delgado cuerpo, miedo a ser observado y ser objeto de burla en el patio, miedo a que las chicas lo llamasen enano. Miedo a que se volviese a repetir aquella horrible escena en las duchas, aquella dolorosa zurra con toallas mojadas, que no dejaba marcas. Y esos minutos infernales e infinitos sin su ropa, implorando, completamente desnudo y helado de frío, para que le devolvieran su mochila. Miedo. Mucho. Bastante. Qué tontería… Por supuesto que había tenido miedo.

Había tenido miedo a todo menos a su moto, a la carretera, a la velocidad, a caerse, a matarse, a convertirse en una joven leyenda, en un cadáver muy prestigioso. A la moto jamás, nunca le había tenido miedo.

Miedo y terror le provocaban otras muchas cosas, pero eso no se lo diría al joven entrevistador. Tuvo mucha suerte con sus padres. No hay una historia dura y desgarrada que contar en su caso. Su padre no le pegaba con el cinturón al llegar frustrado de la fábrica y su madre no era una malograda ama de casa y alcohólica solitaria. Sus padres eran dos tipos realmente ejemplares, con trabajos bien pagados (contable y anestesista), leídos, cultos, amables, buenos vecinos y excelentes padres. Qué le vamos a hacer, no se puede hacer ninguna literatura desgarrada con ellos. A los seis añitos, sus padres, conocedores de su pasión desde que era un moco, le regalaron su primera moto. Ese año la moto era sólo un juego. Con ella se cayó, se rió… y a los siete años ya estaba compitiendo. ¡A los siete! Mientras en el colegio era “el pitufo”, en la moto era un dios. No le daba ningún miedo caerse y se cayó muchas veces. Incontables. Gracias a esos golpes aprendió a saber cuál era su límite y esa maravillosa sensación de seguridad, de fuerza y de poder lo había acompañado con todas y cada una de las motos que había pilotado después. Pero el patio del instituto y las duchas no tenían nada que ver con los circuitos de motos.

— Eh, mira quien viene por ahí. ¿Qué pasa, pitufo motorista?

— Vete a la mierda.

— ¿Qué has dicho?

— Que te vayas a la mierda.

Y entonces venían otra vez los golpes, las patadas, los puñetazos, las burlas, los escupitajos, las risas… Eso que ahora llaman bullying pero que todos los chavales conocían entonces como lo que hacen los abusones en el patio. Sin más historias, sin profesores entregados, sin psicólogos, sin padres desgarrados y quejumbrosos. Todo aquel miedo, ese terror al patio y las duchas, se fue difuminando en su cerebro cuando acabó tercero en el Campeonato de Minimotos. Allí daba igual, aunque su 1,58 de estatura era todo un handicap. Pero las minimotos se le quedaron pequeñas a ese hombrecito tan pequeño y, gracias al apoyo incondicional de sus padres, decidió probar suerte en las carreras de scooters. Fue un éxito clamoroso y, en aquellos años, conoció a una gran aliada. Y no, no era una dulce y entregada novia. Era algo mucho mejor que eso: era la Yamaha TZR 50. Años más tarde divisó el gran objetivo digno de toda una vida: ser campeón del mundo de MotoGP™. Tras una lucha titánica en el circuito, en el que el miedo era una palabra desterrada de su vocabulario, acabó tercero. Sólo un año después ya era piloto de la clase reina. Un pequeño dios, un elegido, un superhéroe. Más tarde llegó a debutar con una Yamaha 125 G como piloto invitado en el Gran Premio de España. Y sus primeros puntos en el Mundial, en el GP de Valencia. Y la vigésima plaza en el Mundial de 125cc y cabalgar aquella maravillosa Honda. Y el Gran Premio de Francia y el de Holanda. Y nuevas caídas de las que se recuperó y salió más seguro, más fuerte todavía. Y sus podios en Jerez, Le Mans, Indianápolis, San Martino, Japón…

— ¡Eh, mira quién viene por ahí! ¿¡Qué pasa, pitufo!? ¿¡Quieres más, pitufo!?

— No contesta.

— Se ha meado encima.

— Contesta, pitufo meón.

Le tocaba contestar. Ahora sí que sí. Era el momento.

—¿A qué le tiene miedo?

 

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Iván Reguera

Iván Reguera


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El mundo no estaba esperando una nueva revista de motos, por eso ésta no es una revista de motos. Es una revista en la que la gente escribe sobre cosas que les parecen interesantes, eso si, con las motos como hilo conductor. El resultado: apasionante y desconcertante a partes iguales, porque uno empieza a leerla pensando que va a leer artículos sobre motos y la mayoría de las veces acaba enganchado a algo interesantísimo sobre cualquier otra cosa.


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