No se puede ser Mickey Rourke con una Derbi Variant

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Ser adolescente en los ochenta era mucho más fácil que serlo ahora. Había muchas menos opciones para elegir, lo que lo simplificaba un poco todo.

Si en 1983 eras un chico de incipiente bigote y algún que otro grano, sólo había dos alternativas: o eras de “La ley de la calle”(Rumble Fish) o eras de “Jo, qué noche”(Risky Business). O malote o pijo, vamos.

Yo nunca fui demasiado de Tom Cruise, o sea, pijo. Siempre me pareció un estúpido engreído. Odiaba a muerte la falsa sonrisa blanca. Con esas Wayfarer y esa americana roja arremangada… Era un sujeto realmente detestable. En cambio, sentía cierta empatía por Matt Dillon. Nunca fue santo de mi devoción, pero conseguía atraer el lado rebelde que crecía en mí.

Cuando lo indie se llamaba “underground”, Coppola estrenó una película rara que atrapó a todos los que no queríamos ser como Tom Cruise: “La Ley de la calle”. Tenía un rollo brutal. Matt Dillon, Dennis Hopper, Tom Waits y sobre todo, Mickey Rourke y su moto. Todo ello en riguroso blanco y negro. Yo tenía el póster de la peli colgado en la pared de mi cuarto junto con Lou Reed y los Ramones posando en plan banda callejera. Todo muy malote y todo muy romántico a su vez.

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En la película, Rusty James quiere ser líder de una banda juvenil como lo fue “El chico de la moto” (Motorcycle boy), su hermano mayor, quien desea abandonar Tulsa, Oklahoma, y dejar atrás a su padre alcohólico y las peleas de bandas. Tulsa estaba lleno de pintadas “El chico de la moto reina” y es que Mickey Rourke (antes de reventarse la cara a puñetazos y a golpes de bisturí) y su Kawa GPZ 500 nos dejó a todos babeando, incluso a las bandas callejeras de Tulsa. 1983 fue el año de las GPZ y de las babas.

Si eras de “la ley de la calle” te gustaba el rock. Te grababas cassettes de Tom Waits, Lou Reed, Police y The Clash. -¡Ponme esa cinta otra vez. Pónmela hasta que se arranquen los cachitos de hierro y de cromo!- y vestías de tejanos, camiseta blanca y chupa. Si en cambio te gustaba “Jo, qué noche”, te iba más el rollo discoteca. Silver Pozzoli, la “Dolce Vita” y el “peppermint”, las hombreras y toda esa mierda hortera.

En los ochenta, los príncipes azules cabalgando corceles blancos fueron sustituidos por chicos malos subidos en motos negras. Richard Gere en Oficial y Caballero conducía una Triumph Bonneville T140 negra, Mickey Rourke en Rumble fish llevaba una Kawasaki GPZ 500 negra y en Homeboy una Harley WLA… ¡hasta el tontolabas de Tom Cruise hacía piruetas en una Kawasaki Ninja negra en Top Gun! Todos seguían la estela que Brando abrió en ¡Salvaje! aunque con personajes menos poliédricos. Ninguno de estos nuevos caballeros ha tenido nunca la profundidad de Brando y además, durante los ochenta, se simplificaron los mitos y se borraron los matices. América era buena y Rusia era mala. Rocky bien. Iván, mal. Muy, pero que muy mal. Era la época de Reagan y Tatcher, de los yuppies de Manhattan, Rambo y Miami Vice. Si lo que querías era triunfar en los negocios debías vestir de Armani y escuchar Duran Duran. Si sólo querías ligar, entonces necesitabas una moto.

Ser adolescente en los ochenta era mucho más fácil que serlo ahora. Si querías comprarte algo, te contrataban en negro para que trabajaras como un negro, sin seguridad social ni hostias y todo lo que ganabas te lo guardabas. No existían las “startups” ni el odioso “e-commerce” así que el dinero, montones de monedas con el careto de Juanca y billetes con la carita bombilla de Manuel de Falla, se quedaba en el calcetín. Me pasé dos años trabajando en un camping durante las vacaciones para poderme comprar una moto. Por fin, en 1986, mientras Mickey Rourke se cepillaba sin parar a Kim Basinger en “Nueve semanas y media” reuní lo suficiente para comprarle la moto a mi primo y llegar al instituto en septiembre como “el chico de la moto”.

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Empecé tercero de BUP enamorándome unilateralmente de Clara T y llegando al insti con mi Derbi Variant SLE de segunda mano. Vacilaba a los chicos recitando de carrerilla las especificaciones del folleto. Que si Botón rojo de arranque eléctrico Spacetronic, que si se enciende como un coche, que si KIT YASUNI en el tubo, que si ¡cilindro limado, tío!… vamos que la Vespino era para chicas y la Variant era para los malotes. Cuando pasaban las chicas yo encendía el motor. Aunque en realidad mucho ruido y pocas nueces. Mucho Peee peee prrreteee peee pero pocas citas. Mi amigo Luis M tenía otra Variant y las aparcábamos en batería, en plan Hell’s Angels delante de las escaleras de la entrada del gimnasio. ¡Hacíamos campana, tío! Molábamos mucho. Todo el mundo lo decía…Hasta que llegó él.

Toni C se incorporó a nuestra clase muy empezado el curso. Le habían expulsado de su colegio por mala conducta reiterada. Toni C era rico, repetidor y se afeitaba.  Era uno de esos niños mal de casa bien. Toni C tenía una Honda MBX 75. Negra.

Las dos Derbis aparcadas en batería dejaron de ser el centro de atención. Nada hacía sombra a la MBX negra. Ni siquiera cuando Luís, en un momento de flojera, decidió llenar su moto de adhesivos con la bandera italiana y algunos de Privata. Se pasó al lado Tom Cruise pero no, ni así, porque de chicas nada de nada. Por aquél momento empezaron a aparecer más de una MBX, e incluso la primera Scoopy 75. En cuestión de meses las Derbis, las campeonas del mundo, empezaron a verse cutres y pasadas de moda. Dejaron de ser atractivas incluso para los amigotes. El encendido eléctrico ya no funcionaba y teníamos que arrastrarlas lamentablemente delante de todos para ponerlas en marcha. Toni C simplemente le daba al pedal de arranque con una viril patada y ¡zas! Salía disparado hacia delante levantando rueda da como Napoleón y su caballo rampante. Era odioso.

El día que me compré mi primera chaqueta de cuero negro aparqué la moto a una manzana del instituto. Sí, traicioné a Luis M y a sus lamentables adhesivos para trabajar en solitario. Un poco más al estilo Mickey Rourke. Y esperé. Cuando Clara T pasó por delante de mí, de camino a su casa, le pedí para salir. No contestó. No dijo nada. No le dio tan siquiera tiempo a decir que no. Bueno, sólo dijo “adiós”. Seco, amargo y despiadado. Se subió de un salto a la MBX negra de Toni C que tan solo tuvo que tocar el pito una vez. El muy maldito. Se fueron calle arriba y fueron pareja de guapos “for ever and ever”. Yo le pasé la moto a mi hermano. Algo se había roto, en mí, quiero decir. La moto duró muchos años más.

Ser adolescente en los ochenta era mucho más fácil que serlo ahora excepto si alguien te rompía el corazón en mil pedazos por primera vez.

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Fotos:

Autor fotos Derbi Variant: Pep Rovira

Destacada. Cuerpo.

Mickey Rourke. Autor: Nico Gengin

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