Gracias, pilotos, por las caídas

Javier CarroJavier Carro5 septiembre, 201712min2940

Gracias, pilotos, por las caídas

El miedo puede parecer algo intrínsecamente inútil. Bloquea, limita, reduce. No aporta nada, no ayuda a nada.

Y, sin embargo, el miedo sí sirve para algo fundamental. (De hecho, pocas cosas hay tan fundamentales).
El miedo sirve para preservar nuestra especie.

Porque es un mecanismo desarrollado por la evolución para preservar la especie humana. (En realidad, cualquier especie animal, pero ahora no vamos a recrearnos en la influencia del miedo en la preservación, por ejemplo, del babuino Chacma).

Cuando, hace millones de años, un homínido se encontraba en plena sabana africana frente a frente con un depredador, la respuesta inmediata y refleja (y, como tal, incontrolable) era tener miedo.

Y la respuesta biológica posterior era la misma que tenemos ahora ante una amenaza comparable.

Inmediatamente, como nos sigue ocurriendo hoy en día, se incrementaban su presión arterial, su glucosa en sangre y su actividad cerebral, los ojos se le agrandaban para mejorar la visión, el corazón bombeaba más sangre llevando adrenalina a las células, se detenían todas las funciones no esenciales y la sangre afluía a sus músculos mayores (especialmente a las piernas) en preparación de la huida. Y en el cerebro, inundado en temor, existía una única idea: “Corre”.

Porque el miedo nos incita a huir de aquello, físico o inmaterial, que nos lo causa. Tanto ahora como hace millones de años.

Tener miedo no es algo de lo que nadie presuma ni se sienta públicamente orgulloso. Parece propio de

personalidades blandas, de caracteres poco formados, de personas pusilánimes.

Sin embargo, ya hemos visto que tener miedo es algo natural. Natural en el sentido más literal del término, el de propio de la naturaleza. Porque la evolución biológica nos ha diseñado así.

Es natural el miedo a acercarse demasiado al abismo, a comer de nuevo algo que una vez nos intoxicó, a volver a ir en moto tras haberse caído con ella.

Y es precisamente de este último ejemplo, en su versión extrema de los pilotos profesionales, de donde surge una valiosa enseñanza de vida.



Porque lo más importante del miedo es lo que uno hace con él.

Lo que uno hace con ese instinto natural de huir de lo que nos lo causa.

La vida es un sendero que se recorre una sola vez. El miedo es ese acompañante que nos puede disuadir de explorar alguna bifurcación del camino que parece menos segura y de la que pensamos que nos puede llevar a un lugar al que queremos ir. (Y al que no iremos nunca porque el miedo no nos ha dejado atrevernos a ir).

Sólo vencer al miedo, incluso i es justificado, nos permite vivir lo que queremos vivir.

Y no vencerlo nos deja in esos futuros que no llegaremos a disfrutar.

Los ejemplos son casi infinitos.

No dejar un trabajo por otro más incierto pero que nos apetece más, no trasladarse a vivir a otro país por la incertidumbre de dejar el actual, no montar jamás una empresa alrededor de esa idea de negocio en la que uno siempre creyó…

El miedo nos impide tener esos posibles futuros que queremos tener. (Como me dijo una vez mi padre cuando yo era pequeño, en una frase metafórica que viviendo en entorno urbano no entendí muy bien: “Si por miedo a las golondrinas no plantáramos trigo, nunca podríamos comer pan”).

Sólo vencer al miedo, incluso cuando es justificado, nos permite vivir lo que queremos vivir.

Y no vencerlo, sino dejar que él nos

venza, nos deja sin esos futuros que nunca llegaremos a disfrutar.

Como tantas otras cosas, Borges describió muy bien con referencias literarias esas dos opciones vitales alrededor del miedo. En 1952, en su ensayo Sobre Chesterton, escribió:

“Recuerdo dos parábolas que se oponen. La primera consta en el primer tomo de las obras de Kafka. Es la historia del hombre que pide ser admitido a la ley. El guardián de la primera puerta le dice que adentro hay muchas otras y que no hay sala que no esté custodiada por un guardián, cada uno más fuerte que el anterior. El hombre se sienta a esperar. Pasan los días y los años y el hombre muere. En la agonía pregunta: «¿Será posible que en los años que espero nadie haya querido entrar sino yo?».



El guardián le responde: «Nadie ha querido entrar porque a ti solo estaba destinada esta puerta. Ahora voy a cerrarla». (…). La otra parábola está en el Pilgrim’s Progress de Bunyan. La gente mira codiciosa un castillo que custodian muchos guerreros; en la puerta hay un guardián con un libro para escribir el nombre de aquel que sea digno de entrar. Un hombre intrépido se allega a ese guardián y le dice: «Anote mi nombre, señor». Luego saca la espada y se arroja sobre los guerreros y recibe y devuelve heridas sangrientas, hasta abrirse camino entre el fragor y entrar en el castillo”.

Sí, es así. Es de una de esas dos maneras, responde a una de esas dos actitudes vitales. Asumiendo que el miedo es natural, lo más importante es lo que uno hace con él.

Todos hemos visto a los pilotos profesionales caerse durante una carrera.

Caídas violentas, caídas eternas.

Caídas de las que se levantan en el acto y corren maltrechos hacia donde está su moto para subirse en ella sin miedo y volver a la pista a correr.

Esa enseñanza de vida es sumamente valiosa para todos.

Hay que vivir sin miedo en pos de aquello que queremos.

Y es posible que caigamos.

Pero hay que levantarse y no tener miedo de volver a intentarlo, porque solo así podremos vivir lo que queremos vivir.

Es frecuente que, en su lecho de muerte, muchas personas se arrepientan de cosas.

Pero en general no se arrepienten tanto de lo que han hecho como de lo que no.

Se arrepienten sobre todo de no haber hecho aquellas cosas que, aunque pudieron haberlas hecho, nunca llegaron a hacer.

Y que ahora ya son conscientes de que están a punto de morir y jamás las podrán hacer.

Fijémonos en los pilotos cuando caen y se levantan de nuevo.

Para no vivir como el hombre que se quedó sentado junto a la primera puerta que estaba destinada solo a él.

Sino como el que se adentró valeroso en el castillo que quería conquistar.

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