Dicho así, me estoy ganando a pulso que mi cabeza pinchada en una pica encabece (valga la redundancia) la próxima manifa feminista del 8M. Pero lo cierto, es que sólo una de cada ocho motos que circulan en España son pilotadas por mujeres. El resto de mujeres “moteras” somos unos auténticos paquetes.

La mujer es un paquete, Club Pont Grup Magazine La mujer es un paquete, Club Pont Grup Magazine

Yo no me ofendo. A mí me gusta que me paseen. De hecho, me encantaría vivir en uno de esos sitios exóticos tipo Thailandia, donde el tráfico es infame, la moto abunda y las mujeres montan a lo amazona en lugar de a horcajadas. Eso sí, siempre motu proprio, porque una quiera ir cuqui y con la falda al viento y no como en Indonesia, en la provincia de Aceh, donde las moteras-pasajeras tienen prohibido montar a horcajadas para preservar la moralidad islámica. “Queremos honrar a las mujeres con esta prohibición, porque ellas son criaturas delicadas”, afirmó el alcalde de Lhokseumawe, Suaidi Yahya. Sin comentarios.

Sólo una de cada ocho motos que circulan en España son pilotadas por mujeres. El resto de mujeres “moteras” somos unos auténticos paquetes.

Pero no nos vayamos del tema.

La ruda realidad (tiene más de rudeza que de crudeza) es que el 88% de motos y ciclomotores son conducidos por hombres y sólo un 12% por mujeres, a pesar de que son aproximadamente la mitad de la población. No es una cuestión feminista o machista, es, simple y llanamente, que nos encanta que nuestro chico nos lleve y nos traiga a lomos de su Triumph. La moto es sexy, es viril y el mundo de las motos es muy masculino. No lo juzgo, no me lo invento, no lo defiendo, sólo lo constato. Aún recuerdo el jardín en el que se metió Jorge Lorenzo hace algo menos de un año. En una entrevista, una periodista le preguntó su opinión al respecto de que hubiera tan pocas mujeres compitiendo en MotoGP™. Jorge contestó “bueno, cada sexo tiene sus cualidades”. La periodista, Andrea Ropero, que se habría frotado las manos como una mosca golosa ante un bote de mermelada de no haber llevado en la mano el micrófono, quiso hacer leña del árbol caído y volvió a la carga con “¿Pero tú crees que una mujer no está preparada para llevar una moto?”. El piloto, convencido de que sus afirmaciones eran más físicas o anatómicas que machistas, confirmó las sospechas de Ropero: “Hombre, en líneas generales tenéis menos fuerza física. Eso es un hecho, una realidad. Hay excepciones pero genéticamente es así”. La cosa se prolongó absurdamente, en un debate absurdo que, cómo no, acabó absurdamente en Twitter. “Es cierto que no todo es la fuerza. En la moto también influye mucho la técnica y las mujeres suelen ser muy finas pilotando en agua, más que los hombres, porque en el agua tienes que ser muy fino y hacer movimientos muy suaves. Pero en cuestión de resistencia y de fuerza los hombres tienen más, eso es un hecho”, concluyó el piloto mallorquín cuando la periodista le replicó que hay muchas mujeres que son más fuertes que los hombres. Pero ya las redes ardían, las haters echaban chispas y el árbol caído se deshacía en cenizas mientras su humo podía verse a kilómetros, más allá incluso de la provincia de Aceh donde las moteras indonesias comentaban con asombro y estupor -y algo ofendidas, ya de paso- la arbitraria suspicacia de las féminas españolas.

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No sé si ha quedado claro ya, pero soy mujer y le doy toda la razón -precedida por un adjetivo que empieza por p- porque hay que ser una tía muy cachas y un tío muy tirillas para que la proporción de fuerza se dé en sentido contrario. Del mismo modo que un hombre suele ser más fuerte que una mujer, también estadísticamente los hombres son más borricos (o pasionales) y las mujeres más prácticas y racionales. Por ello, ellos prefieren una Ducati Monster y ellas una Scooter. Puede que la culpable de esto sea la (maldita) publicidad, que suele utilizar más a las mujeres para anunciar scooters. O puede que la publicidad sea un reflejo de lo que ocurre en la calle y de las preferencias reales de la consumidora motera. Sea como fuere, lo cierto es que hasta los 45 años, hay una preferencia de las mujeres por la scooter, frente a los hombres. Cuanto más jóvenes son ambos, más se acentúa esta preferencia de ellas por este ciclomotor y más tienden ellos hacia las motos. A partir de los 45 años y hasta los 50 hay un cierto equilibro, mientras que a partir de los 50, ellas abandonan la scooter por la moto y ellos vuelven a la scooter. O nosotras les perdemos el respeto (a las motos, no a ellos) o ellos pierden el arrojo o quizás la explicación sea que ellos terminan de pasar su crisis de los 40 mientras nosotras empezamos la nuestra a los 50. Parece que también en esto se nota que somos más lentas. Ya lo decía Marco Simoncelli, que recordaba cómo “de pequeño corría en minimotos y había chicas, pero ninguna iba deprisa. Deberían practicar otro deporte”, sentenciaba. Arremetía contra las féminas afirmando que “chicas, motores y amistad son la sal de la vida, pero las mujeres que compiten en la pista me tocan las pelotas, esto es un deporte para hombres”. Como el pobre falleció no vamos a meternos mucho con él, tan sólo diremos que aunque tenía razón en que, por lo general, somos menos amantes de la velocidad y del riesgo, no es algo que pueda aplicarse a las mujeres que compiten en este deporte.

Hasta los 45 años, hay una preferencia de las mujeres por la Scooter, frente a los hombres, que prefieren motos más potentes y deportivas, mientras que a partir de los 5o, ellas abandonan la Scooter por la moto y ellos vuelven a la Scooter.

De hecho, a veces, alguna mujer supera a sus colegas y de paso, les da una lección y un zasca en toda la boca. Un ejemplo podría ser el de Laia Sanz, piloto oficial de KTM que lleva siendo ganadora del rally Dakar en la categoría femenina desde 2011, pero que incluso en la clasificación general ha dejado atrás a muchos pilotos masculinos, como en 2015, que quedó 9ª en la general final, siendo además el mejor resultado de una mujer en la historia del Dakar. “Quien tiene la voluntad tiene la fuerza”, reza su página web. Y no le quito mérito a sus logros, y menos aún teniendo en cuenta que yo el otro día me ahogaba subiendo las escaleras del metro, pero lo cierto es que sólo una mujer ha conseguido ganar el Rally Dakar. Fue en 2001 y en coche. Ella era Jutta Kleinschmidt.

A veces, alguna mujer supera a sus colegas y de paso, les da una lección y un zasca en toda la boca. Como ejemplo, Laia Sanz, piloto oficial de KTM, ganadora del rally Dakar en la categoría femenina desde 2011.

En moto fue primera en varias ocasiones, pero siempre en categoría femenina. Entre la una y la otra, han superado a muchos pilotos varones. Laia ha conseguido terminar nada menos que siete Dakar, la primera mujer que puede decirlo y de lo que muchos pilotos no pueden presumir. Sin embargo, los datos están ahí y, en igualdad de condiciones, a las mujeres les cuesta llegar al podio en las categorías mixtas.

Laia Sanz y Francesc Gutierrez equipo KH7
Y así están las cosas. Las estadísticas no mienten, los porcentajes son abrumadores y a pesar de los machismos, los feminismos y los subjetivismos, lo cierto es que todavía hay pocas mujeres en el mundo de la moto que, al parecer, aún es territorio del hombre. La Real Federación Española de Motociclismo lanzó en 2014 la Copa de España de Velocidad Femenina, un campeonato independiente creado para acercar la competición a las mujeres. Pero estas competiciones no pueden competir (valga de nuevo la redundancia) con las de hombres. Acercan la competición a las mujeres pero aún están lejos las categorías mixtas. Y mientras Alicia Sornosa (periodista española especializada en motor y la única mujer de habla hispana en dar la vuelta al mundo en moto) aboga por ellas, María Barbero (participante en la Copa de Velocidad Femenina de la RFME) opina que “las diferencias entre hombres y mujeres son suficientemente determinantes como para competir de manera separada”. Barbero compara el mundo de las motos con otros deportes donde hombres y mujeres compiten contra adversarios de su mismo género, sin categorías mixtas pero donde ambas categorías tienen la misma visibilidad y, con pequeñas diferencias, los mismos recursos y ayudas y, por consiguiente, las mismas oportunidades. “Si Serena Williams no puede jugar una final contra Nadal, ¿por qué una mujer está obligada a competir contra un piloto si no son iguales?”. Muy de tías lo de no ponernos de acuerdo… y muy actual lo de decir que somos iguales cuando obviamente no lo somos.

“Hombres y mujeres estamos ya en igualdad de condiciones, lo que queda es igualar las oportunidades, pues es complicado conseguir ofertas de patrocinadores cuando las competiciones femeninas son escasas y no tienen mucha visibilidad” María Barbero

La mujer es un paquete, Club Pont Grup Magazine

Yo, por mi parte, no cumplo ningún parámetro motero. Nadie, de hecho, me consideraría una mujer motera. No crecí amando las motos y siempre he rehuido cualquier cosa con ruedas. No quise patines de pequeña y a mis cuarenta y pico años, me jacto de no saber montar en bici. Tuve un accidente de coche porque una mujer (“mujer tenía que ser”) iba conduciendo un Ferrari con tacones de aguja. Pero ya mucho antes, siendo aún muy joven, empecé a detestar la velocidad aquel día que, sobre una Vespino, bajé a trompicones la cuesta del cementerio de Madrigal de la Vera. Recuerdo mis palabras tras bajar de aquel artilugio demoníaco: “Jamás vuelvas a hacerme esto”. 10 años después, ante una Honda VFR 750, sentencié “No pienso subirme a esa máquina infernal”. Por alguna razón que desconozco, asociaba las motos con la condenación eterna y con el mismísimo Satán. Justificaba mi fobia alegando que desafiaba la Ley de la Gravedad y que un artificio sobre dos ruedas estaba predestinado a caer, volcar o venirse abajo de mil formas inimaginables.

No crecí amando las motos y siempre he rehuido cualquier cosa con ruedas. No quise patines de pequeña y a mis cuarenta y pico años, me jacto de no saber montar en bici.

Quiso el destino -o el subconsciente- que en aquella ocasión yo llevara pantalones a pesar de mi predilección por las faldas y, tras alegar todo tipo de absurdas excusas, algunas tan típicas como que el casco me aplastaría el pelo o el rojo no iba con mi total look, subí al trasto con la ayuda de un bordillo. El resto es historia: dos VFR 750, una CBR 600, una Ducati Monster, una BMW F850 y ¡por fin! una Triumph Street Triple color Jet Black. Pero siempre de copiloto, siempre protegida del viento y a salvo de los mosquitos, disfrutando del paisaje, mecida por las curvas, ajena a la carretera, arrullada por mi respiración, absorta en mis pensamientos, observando las vaquitas… No tengo moto. No tengo carnet. Soy motera. Y soy un paquete.

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Fotos: 

Laia Sanz -Author: Generalitat de Catalunya, Wikimedia Commons
Laia Sanz y Francesc Gutierrez Team KH7 -Author: Alberto-g-rovim, Wikimedia Commons

Marta Herradura

Marta Herradura

Diseñadora gráfica, diseñadora de joyas, diseñadora de moda… en definitiva, diseñadora. En eso andaba yo, diseñando, cuando un compañero de trabajo me lió para que subiera a una Honda VFR “de siete y medio”. “Jamás subiré a ese invento infernal”, creo que fueron mis palabras exactas un día de octubre de 2000. Desde entonces, una CBR 600, una VFR 1000, otra VFR 750, una Ducati Monster 1100 Evo y una BMW F650 GS. Eso sí, siempre de copiloto porque diseñar revistas sobre motos se me da bien pero como motera soy, literalmente, un paquete.

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