Las 24 horas más divertidas de mi vida

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En el paddock corrían rumores de que la carrera ya estaba sentenciada desde hacía ya algunos años. Desde el Gran premio de Fórmula 1 de 1975 en el que cinco personas del público perdieron la vida al estrellarse el bólido de Stommelen. Ya en aquel año los pilotos se quejaban de que el circuito no reunía las mínimas condiciones de seguridad y dejaron de correr en la vuelta veinticinco.

“Soy un piloto, no un kamikaze” dijo Emmerson Fittipaldi en una entrevista en TVE después de retirarse en la primera vuelta. Las escuderías acusaban a la organización, el RACC, de negligencia y poca profesionalidad. El RACC, por su lado, amenazaba con demandas millonarias si no corrían e incluso pidieron a la Guardia Civil que confiscase los coches en la aduana de Portbou. Con o sin Guardia Civil, el Gran premio de de España de Fórmula 1 de 1975 fue el último que se celebró en el circuito de Montjuïch. Las míticas 24h motociclistas duraron once años más hasta que otro accidente mortal, esta vez del piloto amateur de Sants (Barcelona), Mingo Parés, sentenció definitivamente el circuito.

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Montjuïch era un circuito urbano, un trazado de 3.790 metros que subía y bajaba al estadio olímpico. Con motos que aceleraban a más de 250km/h había dejado de ser un trazado que respondiese a las exigencias de la alta competición. No tenía escapatorias y los guardarrailes se montaban y desmontaban contando con la ayuda de los aficionados. Había una curva llamada “de vías” en la que las motos cruzaban los raíles del tranvía. En la Font del Gat, una curva cerrada en bajada, había a menudo agua en el pavimento y de noche no había iluminación. En la recta del estadio un fuerte cambio de rasante hacía que las motos quedaran suspendidas por unos instantes en el aire, como las míticas imágenes del Tourist Trophy de la Isla de Man. La base de los árboles se envolvía en balas de paja y era habitual que hubiera gente por todo el trazado ya que el público no tenía zonas especialmente habilitadas. Cuando había carrera, el estruendo de los motores recorría toda la ciudad hasta la falda del Tibidabo. Pese a todos los inconvenientes, el ambiente era increíble y la ciudad entera se volcaba en una carrera que, celebrada ininterrumpidamente desde 1955, era ya una tradición.

“¡Oye chaval, que los reporteros también duermen!” me dijo el mecánico del equipo Errando Racing Engeneering Motors (EREM). Eran casi las dos de la madrugada y yo, con 11 años y una cámara de juguete, no tenía ninguna intención de irme a dormir. Estaba en los boxes con un pase de Prensa y quería documentar toda la carrera. Mi objetivo era no dormir ni una hora. Willy Errando, uno de los pilotos, estaba a mi lado intentando cerrar los ojos, aunque fuera sólo un momento aún con el caso puesto. En tres horas estaría otra vez en la pista subido a la BMW r 90 de serie apenas modificada con la que consiguieron clasificarse in extremis gracias a las caídas durante las tandas de cualificación de dos pilotos franceses.

1982 fue el último año en el que la carrera puntuaba en el campeonato mundial de resistencia. Los corredores profesionales franceses, encabezados por Léon y Chemarin, ganadores de la edición de 1979 con una Honda 998 oficial, boicotearon la carrera alegando que el circuito era demasiado peligroso y la FIM les dio la razón, vetando definitivamente la carrera. Pese a las denuncias, a los franceses se les daba bien la montaña mágica y en el 82 ganó otro equipo galo, (con la venia de su Majestad Benjamí Grau, Rey de Montjuïch, que ganó la carrera siete veces) el formado por Berthod, Monnin y Granié con una Kawasaki z900.

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Willy Errando trabajaba con mi padre en el Hospital Clínico de Barcelona y le consiguió entradas de Prensa. Mi padre era aficionado a la fotografía y se hizo pasar por fotógrafo de Reuters. Lo que no entiendo es cómo pasamos mis hermanos y yo con cámaras de juguete…En las 24h de 1982 sólo había dos equipos oficiales, ambos Ducati. El resto eran equipos amateurs por lo que la carrera tenía un aire de “estar por casa” que debió facilitar bastante el acceso a fotógrafos junior como nosotros, supongo. Con esa acreditación nos movíamos libremente, tres reporteros de 9, 11 y 12 años armados con tres cámaras de juguete, por toda la zona de boxes. No recuerdo que nadie de la organización nos dijera ni pío. Quizás de eso se quejaban los pilotos franceses. Ese ambiente relajado era el sello de identidad de la carrera y quizás por eso era también una carrera que gustaba tanto a los Barceloneses. “¿a dónde vas?… A echar la tarde en las motos, ¿te vienes?” La gente se llevaba su propia sillita plegable y se instalaba donde mejor le placía, cervecita en mano sin ninguna entrada o acreditación.

La carrera era muy popular también entre los pilotos profesionales, muchos de ellos barceloneses, como Carlos Cardús, Joan Garriga y más tarde Sito Pons que, aunque si bien se quejaban de la seguridad, no dejaban nunca de apretar la maneta para subir al podio.

En el box contiguo al del equipo EREM estaba Van Rooyen Racing team. Cuando Gerrie Van Rooyen se quitó el casco me quedé mirándola fijamente y con cara de tonto. Yo no sabía qué era una “transexual”. En los ochenta pocos niños sabían qué era eso. Yo nunca había visto a nadie así. Era una mujer de un tamaño descomunal, casi dos metros, que sacaba dos cabezas a todo el mundo. Su envergadura hacía empequeñecer la moto, que parecía un ciclomotor. La melena rubia de Van Rooyen fue el centro de todas las miradas, que incrédulas, vieron como su Kawasaki naranja conseguía acabar en el 5º puesto.

La R90 de serie estaba funcionando a la perfección. Pepe Serrano, el que fue el mecánico oficial de OSSA competición, había ayudado a los hermanos Errando a preparar la moto con un presupuesto inferior a 25.000 pesetas (¡unos 150 Euros!). Hizo unos chicles a medida, quitó la caja de filtro del aire y en su lugar hizo dos colectores de aire con dos moldes de flan y un colador fino a modo de filtro, cambió los muelles y la densidad del aceite de las horquillas delanteras, montó unas gomas Metzeler de competición y poco más… La BMW EREM y la de José Maria Busquets fueron la únicas que acabaron la carrera (BMW Michel y BMW Krauser, con presupuestos mucho mayores rompieron motores). Durante sus descansos en el box, Willy me explicaba cómo pasaba de los 190km/h en la recta del estadio en quinta a fondo y cómo frenaba con el motor durante las últimas vueltas porque los frenos eran básicamente elementos decorativos. Un concejal del ayuntamiento, entusiasta de las dos ruedas, se acercó al box una vez acabada la carrera y abrazó efusivamente a los pilotos. Su moto también era una BMW R90.

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Las Kawasaki 1000 de Berthod-Monnin-Granié lideró la carrera desde la salida. Dio 735 vueltas al circuito, muy lejos de las 777 que estableció el equipo Kawasaki de los también franceses Roche-Lafond el año anterior, y ganó sin problemas. Lo más interesante de la carrera estaba más abajo en la clasificación. Fue el duelo entre la Honda CBR 1000F de Courday-Gerden y la Ducati 900 SS fabricada en España por Mototrans de Cardús-Grau-De Juan, que, aunque era más rápida en la recta, era superada constantemente en los virajes cerrados de La Rosaleda y el Angle. Los españoles quedaron fuera del podio por sólo 15 vueltas.

El equipo Errando quedó en una meritoria quinceava posición completando sin problemas 612 vueltas. Toda una hazaña para una moto de calle que rodó al límite las 24 horas y una posición en la tabla que sabía a victoria para los hermanos Errando.

Yo no pude finalizar mis 24h particulares. Me rendí al sueño de madrugada acurrucado en algún lugar del box y no recuerdo la llegada a meta al amanecer del domingo. Estoy seguro de que lo celebraron a lo grande en el box de Errando Racing, ducha de champán incluida. Me desperté al día siguiente en mi cama, con resaca.

El otro día mi vecino regordete y patizambo de 12 años, Luisito, me dijo que después de 24 horas seguidas jugando a la “play”, fue campeón de Moto GP por delante de Márquez, Rossi y Lorenzo. Pero para Luisito llevar la moto no es divertido. Que al final “es un palo” y que lo que más le gustaba era ser manager de un equipo de Rookies de Moto GP porque “podía fichar a los pilotos que quería y así conseguir muchos contratos publicitarios para que el equipo pueda subir de categoría y entonces hacerse rico y contratar a Márquez y a Rossi no, porque ya está viejo” su padre me dijo sonriendo “es que se lo pasa pipa con la consola…”. Sonreí como pude y me acordé de aquellas mágicas 24 horas, las 24 horas más divertidas que jamás haya podido tener ningún niño.

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Fotos cedidas por Carlos de Javier

Carlos De Javier

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El mundo no estaba esperando una nueva revista de motos, por eso ésta no es una revista de motos. Es una revista en la que la gente escribe sobre cosas que les parecen interesantes, eso si, con las motos como hilo conductor. El resultado: apasionante y desconcertante a partes iguales, porque uno empieza a leerla pensando que va a leer artículos sobre motos y la mayoría de las veces acaba enganchado a algo interesantísimo sobre cualquier otra cosa.


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