“Divertirse no es otra cosa que el olvido temporal de la muerte”, apuntaba Fernando Aramburu. No nos pongamos transcendentales. Ya les aviso. Continúen leyendo fuera de prejuicios que sólo les llevarán a confusiones para luego afirmar cosas como que “lo contrario de divertido es lo serio. Y lo contrario es aburrido”. Will Rogers lo explicaría mejor: el mundo está cambiando tanto que la gente se está tomando en serio a los humoristas y se toma a broma a los políticos.

¿Quién no ha disfrutado metiéndose entre pecho y espalda un arroz con verduras regado con un fresco Ribera culminado con una larga siesta? ¿Quién no ha disfrutado a mandíbula batiente con el surrealismo de Gila? Y luego está subirte a una moto. La sublimación. Porque el juego, la diversión, la satisfacción o la risa son los grandes conquistadores de toda pose fatua políticamente correcta. Así que, ya desenmascarados, divirtámonos o correremos el riesgo de no saber elegir un día entre los monjes de El Gran Silencio o las máximas de Neil Postman en ‘Divertirse hasta morir’.

Aceite, sudor, suciedad y bichos espachurrados

No tuve una granja en África con Robert Redford, pero tuve una moto. No exactamente mía. Una vespa. Clásica. Roja. Arrumbada en el garaje desde que mi hermano decidió cambiarla por un coche. Sólo tuve que sacarla en secreto de su funda y pisar el pedal a fondo para dar fe de la leyenda: “Si pones un pie sobre ella, repites…”. Sin esperarlo, un buen día tropiezas con una llave del todo sentimental y te abre esa turbulenta espita que enciende todas las pasiones del pasado. Como decía Paul Bowles, una cosa es viajar y otra transportarte. Igual que escuchas una melodía y, de repente, la asocias a un momento de tu vida especial, ese embrague me llevaba a algo muy querido. ¿Cómo lo explicas? ¿Cómo explicas el misterio de la luna? ¿Cómo explicas la belleza del cielo? ¿Cómo explicas el encanto de un beso?  Como en un afán literario, entre dramático y disfrutón, muchas de mis tardes en una vespa han sido lo más parecido a ir donde en otros tiempos me llevaban mis sueños. ¿Acaso no es la aventura justo eso? ¿Lo que no puedes controlar y terminas a sus pies dejándote llevar por la inconsciencia? Lo que no te mata te hace más fuerte. Por eso creo que llegué de mis paseos más curtida. Como la piel de la chaqueta larga de cuero que siempre volaba entre mis piernas al viento. No me acostumbro a cerrar ni a concluir nada en la vida, ni qué decir aquellos botones. Entre la gama de amarillos y ocres de este otoño, previsoramente pertrechada, ajusto mis guantes a lo Robert M. Pirsig: “Ayer hablé de preocuparse por las cosas, me preocupo por estos viejos y mohosos guantes; les sonrío volando a través de las brisas porque me han acompañado tantos años y están tan viejos y mugrosos que tiene un aspecto cómico; se han impregnado de aceite, sudor, suciedad y bichos espachurrados en el entendimiento de ser una parte del mundo y no un enemigo del mundo”.

vespa amarilla y carretera

Si el 1 de enero de 2004 hubieras preguntado a cualquier periodista o ficionado a la motos si la trayectoria de Nani Roma en el Dakar era un éxito o un fracaso, salvo que ese periodista o aficionado sufriera una enajenación mental transitoria, la respuesta sería unánime: “Un fracaso”.

El instante de felicidad

La realidad siempre produce aprensión. Sobre todo, ahora que casi envejecemos precipitadamente a golpe de declaración de Hacienda o de amenaza de despido en plena precariedad laboral. Sin pensiones y con más recortes casi formando parte de nuestra vida como esa cana que te sale inesperadamente, ese nuevo desengaño amoroso o ese ‘buenos días’ frío en el ascensor… pisar la calle es el placer necesario. Ese instante de felicidad justo en esa milésima de segundo al apretar el puño de gas a tope desoyendo a los expertos, “¡nunca lo hagas de golpe!”. Qué manera de aligerarme de las sacudidas cotidianas. Casi volando, sobre el asfalto marcado por las gomas de los neumáticos, apuesto por la huida y vivir intensamente al menos por unas horas.  Y sabes que es ese instante porque tu cuerpo te avisa. Porque sabe que te falta el aire. Grita y te pide estremecerte al son de sus latidos barnizados de humo, ruido y grasa. Recorrer mimetizada la ciudad siendo ya una pieza más de su mundo. Entonces “la moto se yergue sobre mí, lista para partir como si hubiera estado toda la noche montando guardia; plateada, cromo, negra y polvorienta; polvo de Idaho, de Montana, de las Dakotas, de Minnesota; vista desde el suelo impresiona”, describía fielmente Robert M. Pirsig. A la hora de viajar (Zen y el Arte del mantenimiento de la motocicleta) la idea del periplo placentero en Pirsig se trasmuta en la sencillez de percibir, oler, sentir: “Cuando vas de vacaciones en moto ves las cosas de forma totalmente diferente; en un coche estás siempre dentro de una cápsula en la que todo lo ves, parece una extensión de la televisión. Como si fuera un marco. En la moto el marco desaparece. Estás en pleno contacto con todo, dentro de la escena, no sólo contemplándola, y la sensación de presencia es abrumadora… En la moto te pasas el tiempo percibiendo cosas y meditando sobre ellas”. Tomo la última bocanada de aire antes de bajar la visera de mi casco. Piso a fondo y comienza a subir el olor del embrague. La magia de ver anochecer en absoluta soledad. El murmullo de las voces. Me sacuden las calles desconocidas. Soy una más metamorfoseada como un ser mutante.

Vespa roja

¿Quién no ha vibrado con aquellos míticos moteros que, desde la gran pantalla o la literatura, construyeron nuestro mapa vital y sentimental? Pioneros como Lawrence de Arabia sobre su Brough Superior bicilíndrica de 1000 centímetros cúbicos y 53 caballos de potencia con la que alcanzaba velocidades de 160 kilómetros por hora, “una motocicleta caprichosa con un toque de sangre es mejor que todos los caballos para montar sobre la tierra por la insinuación, la provocación al exceso que produce su acariciadora e incansable regularidad”. Y continúa detallando en ‘El Troquel’ lo que para él supone el éxtasis sobre gran cilindrada, “abro del todo la válvula de admisión en lo alto de la rasante y nos lanzamos en picado por la pendiente, y arriba, abajo, arriba, abajo, más allá de la carretera en zigzag, abalanzándose la potente máquina como un proyectil con un zumbido de ruedas en el aire del despegue de cada ascenso para aterrizar dando bandazos y con una arrancada de la cadena de transmisión tan fuerte que me sacude la columna vertebral como un espasmo…”

“¡Tira p’adelante, guapa!”

¿Acaso conocéis otro mejor momento de diversión y jaleo que encontrar un hueco donde aparcar, sacarte el casco con ese punto salvaje en la melena y reunirte con los amigos a tomarte unas cañas? Me pasa casi como en esa película de Jonás Trueba, cada vez que hablo con alguien todas las canciones no hablan de mí, hablan de motos. Arqueología de la memoria sentimental. Sacar, alrededor de un buen vino, cualquier historia de moto trae lo que sucede siempre con el rostro de alguna persona, que te lleva al recuerdo de otra. Esos rasgos tan familiares que todo el mundo cree reconocer. El espejo y tú; Alicia a través del espejo. Junto al bar crees reconocer aquel abuelo en sidecar llevando a la mujer y al hijo dentro. Mientras, de fondo, escuchas uno de los mejores momentos de pura ansiedad y emoción en boca del escritor Miguel Ángel Hernández cuando esperaba los primeros ejemplares de su última novela –El dolor de los demás-: “Aquel día yo no estaba en casa y el teléfono me avisó de la llegada del transportista con los primeros ejemplares de mi novela llamando a la puerta. Sin pensarlo cogí mi moto para perseguirlo por las calles de Murcia hasta lograr encontrarlo. Que una vez alcanzado te dé lo que ya no puedes esperar a tener es otra historia”. El infarto por felicidad. Entre lágrimas, sudor y vapores de épica explicaba como nadie este disfrute alguien que, paradójicamente, vive de expresarse a través de la imagen: “¿Una moto? Un vehículo que ha sido el mayor estimulante de mis neuronas. Emoción a lágrimas…Cenizas…”, el fotógrafo García-Alix seguro que continúa perdiéndose por el mundo cabalgando en su Harley, y seguirá piropeándola con ese “¡Tira p’adelante, guapa!”. Finalmente, si hay alguien que ha llevado al extremo la diversión y el placer a lomos de una motocicleta ese es el actor Ewan McGregor. El protagonista de La Guerra de las Galaxias contaba que “durante el rodaje de la saga, George Lucas al ver mi desesperación por reunir el dinero necesario para adquirir una Ducati se ofreció a comprármela él mismo… si a cambio ponía un poquito de interés en el trabajo”.

Vespa roja en ciudad

En movimiento

Pero este artículo no podía concluir sin una de las personas que definía a la perfección lo que era la diversión y la pasión sobre dos neumáticos. Aquellas líneas “ahí va el chico de la moto, basta verle andar”, de La Granja, sería la perfecta banda sonora para Oliver Sacks, neurólogo y autor de libros tan conocidos como ‘El hombre que confundió a su mujer con un sombrero’, ‘Veo una voz’ e interpretado en la gran pantalla por Robin Williams en la película ‘Despertares’. Y es que esas pasiones respiran tanto a través de nuestra piel que ya de niño un perspicaz profesor anunciaría a la familia: “Llegará lejos, si no va demasiado lejos”. Visionario. Si no han leído aún ‘En movimiento. Una vida’, háganlo. En su portada, un joven Sacks, con chupa de cuero sobre una Norton de 600 centímetros cúbicos con la que recorría los fines de semana, te invitaba a cientos de kilómetros por el desierto de California, “he vivido a cierta distancia de la vida”.

A esto me refería antes ¿cómo explicar qué se siente al vibrar tu cuerpo al son de los latidos del motor? Entre ruido y aceite siempre lo explicaba mejor Sacks: “Existe una unión directa con la moto. Se ajusta tanto a nuestras posturas, a nuestros movimientos casi como si formara parte de nuestro cuerpo. Moto y motorista se convierten en una entidad única e indivisible”. Como maridar ese vino de forma sabia con una carne roja o como ese otro bendito momento. Dos amantes en plena ebullición. La máquina agitándose de forma salvaje domándonos en equilibrio. A horcajadas sobre la moto ejecutando el baile perfecto. Ansiando el roce. Esa sensación a grandes cabalgadas puede ser adictiva: “A veces tenía la impresión de estar inscribiendo una línea sobre la superficie de la tierra, y otras de encontrarme inmóvil sobre el suelo, y que todo el planeta giraba en silencio debajo de mí”.

Paisaje en moto

Sacks te transporta de forma hipnótica, gozando intensamente la vida, a la velocidad de su Norton: “Por encima de todo he sido un ser con sentidos, un animal pensante en este maravilloso planeta y esto, en sí, ha sido un enorme privilegio y una aventura”, dejó escrito casi poniendo punto y final a la última página de su acelerada vida. Y en mi cabeza, entonces, vuelven a sonar aquellos viejos sonidos familiares sobre aquella vieja vespa roja…

 

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