Lightcycles

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Vestía con un reluciente albornoz blanco del Roosevelt y también con las mullidas zapatillas del hotel.

A sus setenta y muchos años, Harvey conservaba aún una figura decente y algo de cabello, muy cano todo él. Leía un tríptico en cuya portada destacaba el símbolo del Premio Irving Thalberg: el busto dorado del legendario productor de Hollywood. En la mesilla de noche destacaban una botella de agua de cristal medio llena y un frasco de Viagra. Sobre la cama, hecha, descansaba un elegante smoking negro. Desde los calcetines hasta la pajarita, formaba una figura que parecía humana, como un elegante hombre invisible dormido.

Harvey abandonó la habitación, se dirigió a la sala, se agachó y cogió con displicencia uno de los tres centros de flores que habían dejado en el suelo. Era de margaritas naranjas, muy chillón.

– Traje negro y flores, ¿a quién se le ocurre mandarme flores?- dijo susurrado.

Harvey leyó la tarjeta de felicitación del centro: “Felicidades, Harvey Notcovich, por el merecidísimo reconocimiento. PERLMAN & DANIELS AGENCY te desea una merecida noche mágica en compañía de los tuyos y de los que en este oficio te han conocido, respetado y admirado. Te lo mereces”.

– Merecidísimo, merecida y mereces en menos de cuarenta palabras- susurró nuevamente.

Volvió a agacharse y, de cuclillas, observó, con interés y delicadeza, dos tarjetas. En la primera volvió a deleitarse con la firma de Roger Corman. Observó la otra, de una cesta con dos botellas de vino: Coppola. Finalmente, se levantó, miró su austero reloj de pulsera y con un mando a distancia que tenía sobre la mesa de cristal, cambió de canal y subió el volumen de la pantalla de plasma. Miró con acidez a una reportera rubia, bastante vulgar, en una alfombra roja.

– … a los Governors Awards, muy respetados galardones los de esta noche. Una noche de cine en la que se entregará el Premio Irving Thalberg a toda una vida al legendario productor Harvey Notcovich, conocido por películas que formaron parte de un legado generacional incuestionable. Todo un independiente antes de que existiese el cine independiente.

– “A toda una vida”, dice…

– … Notcovich, que empezó como ayudante de Roger Corman, ha sido productor de grandes del cine como Francis Coppola, Bob Rafelson, John Milius o John Huston. Más de sesenta películas lo avalan y…

– … más de la mitad son basura.
Llamaron a la puerta. Harvey bajó, con el mando a distancia, el sonido del televisor y enmudeció a la afectada reportera.



– ¿Diga?

– Servicio de habitaciones.

Abrió la puerta. Una joven camarera entró con un carrito con comida servida en bandejas plateadas. Tras darle una propina de diez dólares y cerrar la puerta, se dirigió hacia la mesa de cristal y cogió su grabadora. En el televisor emitían imágenes de la NBA. Apretó al botón de play de la grabadora y entonces sonó su voz, pero en la grabación era más afectada, solemne: “Estimados colegas. Miembros de la Academia. Familia… Fue Einstein quien dijo que lo más difícil en esta vida es tener una idea. Él, según sus palabras, tuvo sólo dos. Igual que yo, verdaderos éxitos de taquilla. Pausa para risas”. Dio al stop de la grabadora, se dirigió al carrito, levantó una de las bandejas plateadas, cogió una gamba rebozada, la lanzó al aire y se la tragó como si fuese un tiburón devorando a su presa. Mientras masticaba, volvieron a llamar. Harvey abrió con desgana la puerta de la 131. Ben le sonrió. Era un joven de unos 30 años, atlético, de mirada algo ida y con el pelo totalmente rapado. Vestía con vaqueros, camiseta y una gastada chaqueta de gamuza verde y portaba una gran carpeta de dibujante en su mano derecha.

– Pasa, ponte cómodo. Perdóname, tengo que ir al baño.

Mientras Harvey entraba en el baño con cierta urgencia, Ben observó sin demasiada curiosidad la amplia suite de ornamentación decadente, “estilo español”. Vio la pantalla de plasma encendida pero sin sonido. Ahora emitía imágenes de una película de terror actual que parecía bastante mala. Frente a la pantalla vio restos de comida, la grabadora y un cenicero con colillas. También el amplio sofá, el espejo de pared y una toalla del Roosevelt en el suelo enmoquetado, junto a los centros de flores. Al lado de las flores observó la cesta con las dos botellas de vino, que le parecieron bastante caras. Harvey salió del servicio, se agachó con cierto esfuerzo y cogió una de ellas.

– Antes que nada, felicidades por el premio. Estarás contento…

– Mucho.

Destapó la botella con un abridor y sirvió vino en una copa. Otra la dejó vacía a la espera de lo que dijese el joven.

– ¿Vino? Es un Niebaum-Coppola especial.

– Regalo de Coppola, ¿Coppola?

– Francis es un tío con clase. Es el único que no me ha mandado flores.

– Guau.

– ¿Te gusta Coppola?

– Claro, El Padrino. Y Drácula.

– ¿Entonces lo pruebas?

– No. ¿Tienes Coca-Cola?

– … Claro.

Resignado, Harvey se dirigió al mini bar para sacar una lata de Coca-Cola y ofrecérsela.

– ¿Tienes Light?

– Voy a ver.

Volvió a abrir el mini bar y sacó una Light. Ben sacó del bolsillo derecho de su chaqueta una BlackBerry de última generación.

Comenzó a hacer fotos a la estancia. A los centros de flores, a la botella de Coppola, a la mesa de cristal…

– ¿Qué haces?

– Fotos. Este momento es único.

– Es MÍ momento único, Ben -dijo serio, dándole la Light.

– Perdona… ¿Te molesta?

– No, pero pídeme permiso. Además, ¿para qué?

– Para mi Twitter. ¿Tienes Twitter?



– No, no tengo Twitter. ¡Dios… qué gran vino! -juzgó tras tragar el caldo.

– ¿Facebook?

– No, nada.

– ¿Nada?

– Nada.

– Reconozco que estoy enganchado. Tengo 21.300 seguidores en Twitter.

– ¿No me digas?

– No te rías, siempre viene bien que te sigan, no sé, estar ahí. Y para hacer promoción no hay herramientas mejores, todo el mundo las sigue.

– Lo sé, sí- dijo abstraído, oliendo el aroma del vino.

– Tú todavía eres de los jefes de prensa, las ruedas de prensa. Todo eso ya pasó. O está a punto de ser superado. La red lo ha cambiado todo.

– Bueno, al grano, Ben -dijo sirviéndose más vino

– ¿Tienes unos minutos, entonces?

– Claro, soy todo tuyo.

Ben se sentó en el sofá con su Coca-Cola. Harvey en un butacón con su copa de vino.

– Me quedan pocas horas en Los Ángeles y tengo que volver a Louisiana. Queremos localizar.

– ¿Ya estáis localizando? ¿Entonces qué pinto yo?

– No son localizaciones, Harvey. Son fotos y una demo en vídeo para que los posibles productores os hagáis una idea de la peli en la que vais a invertir.

– ¿Productores? ¿Quién más está?

– Michael London.

– Ni idea.

– El ilusionista, Entre copas…

– Ésa fue buena.

– La nuestra va a ser mejor.

– ¿Alguien más?

– Tiene sus dudas… pero también entra Boby Yary.

– ¿Crash?

– El mismo.

– Y ¿para qué me quieres a mí?

– Vamos, Harvey. Eres un Thalberg. Has producido a Dennis Hopper…

– Sólo le ayudé. Y ¿qué sabrás tú de él?

– Tiene que ver con mi película.

– ¿Hopper? ¿Con tu película?

– ¡Claro!

– ¿Por qué?
– Mi historia… digamos que… se parece a Easy Rider, pero con un… otro tono, en otro género.

– Los moteros son gays.

– Frío.

– Lesbianas. ¿Negros?

– Frío.

– Asiáticos.

– Frío.

– Latinos. Hipsters. Mujeres.

– Venga, Harvey. Recuerdas Easy Rider, ¿no?

– No tengo Alzheimer, Ben. Y le hice algunas sugerencias de guión a Fonda antes de rodar.

– Bien. Vamos a hacer Easy Rider en el futuro.

– ¿Perdona?

– Futurista. Ciencia ficción. Mira.

Ben abrió la carpeta. De ella saco diseños de motos futuristas. Una de ellas era muy parecida a la Harley de Peter Fonda en Easy Rider, con la bandera americana en su tanque de combustible. Pero era mucho más moderna, con un aire a las motos de la película Tron.

– No vuelan ni levitan por la carretera, son motos. Están inspiradas, como verás, en las famosas Lightcycles de Tron. Las hemos construido, Harvey.

– ¿De qué hablas?

– Motor de 40kw, unos 54 CV y alimentado desde una batería de iones de litio. Alcance de 50 kilómetros con un tiempo de carga de 3 horas.



– Pero eso tiene que costar una fortuna.

– Velocidad máxima de 160 kilómetros hora.

-Llantas sin eje central.

– Exacto.

– Y ¿para qué quieres volver a hacer Easy Rider con estos trastos?

– Vamos a hacer la primera road movie de ciencia ficción.

– Ya existe: Mad Max.

– Pero eso son coches y camiones, Harvey, ¡hablo de unas motos alucinantes! Será la primera Road Science Fiction Movie. ¡Por eso te quiero en el proyecto, porque tú eres un pionero de las road movies y yo de la generación que está loca por la science fiction!

El viejo productor cerró los ojos durante breves segundos y se levantó para regar su copa con el magnífico vino que le había enviado Coppola. Siguió de pie.

– ¿El guión?

– ¿Cómo?

– El guión. Tu historia escrita.

– Ah, perdona.

Ben se levantó y sacó de su bolsillo un USB con forma de máscara de Spiderman.

– Versión catorce y final. Aquí está -dijo lanzándole el pendrive.

– ¿Dónde?

– Ahí, en el pendrive.

– Yo leo guiones en papel, Ben. Encuadernados y numerados.

– Puedes leerlo en… ¿No tienes una tablet?

– No- dijo Harvey secamente.

– Pues quédatelo y cuando estés en la oficina haz que te lo impriman. O en el hotel mismamente.
Harvey se rindió. Obvió la falta de respeto del joven, que había invadido y estropeado un día tan importante como aquél y sin ni siquiera hacer el esfuerzo de imprimir su guión de moteros del futuro.

– Lo veo y te digo algo, Ben.

– Te va a flipar.

Se dieron la mano y el joven abandonó con su carpeta la 131. De repente, Harvey soltó una carcajada brutal, demente. La pudo escuchar toda la planta del hotel.

Rebobinó la cinta de su grabadora. Su voz era nuevamente afectada, pomposa: “Estimados colegas. Miembros de la academia. Familia… Fue Einstein quien dijo que lo más difícil en esta vida es tener una idea. Él, según sus palabras, tuvo sólo dos. Igual que yo verdaderos éxitos de taquilla. Pausa para risas”. Se dirigió al baño, se miró al espejo, cogió un cepillo y peinó con diligencia sus canas. Se miró, cansado, en su reflejo. Su mirada no era serena, estaba algo perdida, agotada. “Normalmente los productores siempre nos llevamos la peor parte de la leyenda. Somos marrulleros, mentirosos, cameladores… Somos Kirk Douglas en Cautivos del mal”. Se cepilló los dientes con un cepillo del hotel Roosevelt. “Yo he tenido suerte de no tener que ser todas esas cosas gracias a la gente que hoy está aquí reunida. Y a mi suerte. Me sentí orgulloso al llegar a Hollywood, desde Detroit. Prefiero no recordar el año. Me sentí honrado al ser aceptado por esta comunidad tan increíble. Era todo un privilegio, como lo es estar aquí, ante el busto del gran Irving Thalberg, uno de los grandes de Hollywood, uno de sus mejores talentos”.



Se quitó el albornoz, lo tiró al suelo y se dirigió, en calzoncillos, a la cama de la habitación para ponerse la reluciente camisa que había comprado para la cena. “Thalberg fue un hombre de salud precaria, Mayer lo sustituyó por Selznick, pero regresó y produjo Grand Hotel, Rebelión a bordo o Una noche en la ópera. Para mí es un honor formar parte de la lista de los Thaberg: Disney, Zanuck, Goldwyn, Stevens, Warner, Wyler, Wilder, Wise, Hitchcock, mi amigo Francis…”. Sentado sobre el borde de la cama, se colocó con lasitud unas medias negras. “Todos ellos me hicieron como persona y como cineasta. Ellos empezaron esto, ellos hicieron lo difícil.

Yo no soy, ni de lejos, tan grande. Sólo soy un tipo con mucha suerte, con la suerte de haber hecho las películas que me habéis permitido hacer”.

Se levantó con cierto esfuerzo de la cama y se puso los pantalones de su esmoquin negro. “Gracias a mi familia, a mis equipos, a la gente que localiza, que convence, que vende. A mis montadores, mis directores, actores… Sin ellos no hay ni habrá nunca películas, que no son un arte individual, lo hacen decenas de asombrosas personas”.
Se colocó entonces la pajarita con cierta torpeza. “Y gracias a mis profesores en la escuela de cine, a los que me han enseñado en cada paso hasta llegar a esto. Gracias, Roger, por ser mi mentor. Y gracias a mis dos profesores más importantes y severos: mis dos hijas, Elena y Marcia. Gracias por hacerme sentir miembro de la familia.

Sólo espero que esto no acabe aquí y que me ayudéis, con vuestro talento, a

levantar alguno de los guiones que tengo en el cajón. Creo que aún tengo algo que contaros. Muchas gracias a todos. Gracias”. Ya con la chaqueta puesta, se dirigió nuevamente al carrito con la comida. Levantó la bandeja de las gambas, cogió una, la lanzó al aire y… se le atascó en la garganta. Empezó a carraspear y a intentar tragarla. Escuchó un sonido de interruptor. La grabadora había sido apagada. Harvey se ahogaba. Se dirigió aterrorizado al grifo del baño para tragar agua. Pero no resultó, seguía ahogándose. Descalzo, sin zapatos, se puso de rodillas intentando sacar de su garganta ese trozo de comida. Era incapaz de respirar. Se desplomó sobre la moqueta del hotel. Allí, tumbado y formando la misma figura que había formado su traje sobre la cama, exhaló su último suspiro.


Fuente foto Easy Rider: Licencia CC Attribution-Share Alike 2.0; Autor: Insomnia Cured Here
Fuente foto Easy Rider 2: Licencia CC Attribution-Share Alike 2.0; Autor: Ana e Gabi
Fuente foto motorista: Licencia CC Attribution-Share Alike 2.0; Autor: MIKI Yoshihito


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Iván Reguera

Iván Reguera


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