Mi primer novio fue un vespino

Club Pont Grup MagazineClub Pont Grup Magazine15 marzo, 20189min1870

Mi primer novio fue un vespino

Me gustaría meter todas las motos sobre las que he amado desde 1987 en un mismo garaje

Vespa_Primavera_125Mi primer novio fue un novio Vespino, del modelo AL, de luz redonda y zumbido agudo que aún no ha cambiado la voz. Las rodillas prietas, se plantaba con dignidad sobre la primera libertad, la que nos alejaba de los patéticos caminantes de la urbanización. Y por tan sólo veinte duros de gasofa.

Me quemó la parte interna de la pantorrilla, una de esas quemaduras que no duelen en el momento pero dejan una marca en forma de beso adolescente, de tubo de escape por el que se acelera el futuro hasta pulverizar el horizonte. Nunca supe si era de paletas cogerlo por detrás, abrazarme a él cuando me llevaba en su moto, así que, ante la duda, me agarraba fuerte al sillín, las manos a la espalda.

 

vespa-azul

El siguiente novio fue un novio Vespa, y mod, con gabardina y flequillo volador. Estoy convencida de que salió del útero de su madre haciendo cabriolas en su Vespa Primavera que más que formar parte de sus pertenencias, formaba parte de su persona, construía su identidad, igual que el pelo azul o los ojos largos.

Recuerdo que una vez derrapamos en una curva y besamos el asfalto. Caí y me levanté en un único movimiento, a velocidad supersónica, con toda la vergüenza y la culpa de caer intactas, un poco como los que aseguran que si la comida no toca el suelo más de dos segundos, no coge microbios. La culpa provenía del temor a no ser buen paquete y tomarme con excesiva rigidez las curvas. La hostia se produjo a cámara lenta, como todas las cosas trascendentes que suceden en la vida.

 

Cuentan que cuando Piaggio vio el primer prototipo de Vespa, exclamó: “Bello, mi sembra una vespa”, bonita, me recuerda a una avispa, aunque yo siempre la vi más como un avispado caracol de alegres antenas, de los que derrapan a cámara lenta. A mi novio Vespa tampoco lo cogía por detrás pero dejaba caer los brazos sobre mis piernas y a veces rozaba sus caderas, y a veces mis manos arrugaban la tela de su gabardina.

 

Harley_RiderLuego tuve un novio Puch Cobra, que tenía el pelo largo y el depósito amarillo. Era de pueblo y nos escapábamos al monte a recorrer los caminos salvajes, donde el traqueteo provocado por las piedras y los exabruptos naturales se nos confundía con la vibración indómita del sexo.

 

El asiento era alto, un trono para intrépidos des+de el que se divisan los imperios celestes. A este sí lo cogía por detrás, bien fuerte, me agarraba a él como las matas a la tierra, pero es que esa moto estaba hecha para agarrarse.

 

Nunca llegué a tener un novio Harley Davidson Heritage, aunque intercambiamos algunas miradas, un juego de luces largas y cortas que no condujo a ningún destino.

 

Era vacilón, tenía alforjas de cuero, llantas cromadas y tatuajes apretados. Y yo era una niña buena, me daba miedo ese ruido de motor de pedo orgulloso, con derecho a ser, su cuerpo de olor a tabaco y a alcohol de dos días, repantigado sobre el asiento, manejando el barrio desde su manillar elevado. Nunca llegué a subirme a su grupa.

 

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Super_Blackbird_99Tuve un amante Honda que una madrugada puso su Superblackbird a 240 kilómetros por hora por la avenida del puerto, y al bajarse me pidió perdón, como silbando blackbird singing in the dead of nigth de Los Beatles. No recuerdo a qué me aferré durante el trayecto, supongo que a la espalda delgada e infinita de Dios.

 

Tuve por fin un novio BMW clásica, con maletas laterales, que quería estrenar el vintage de nuevo y, sobre su juventud perdida, viajamos a Zaragoza.

 

Todo esto viene porque leí un poema de Berta García Faet que dice: me gustaría meter a todos los chicos que he besado desde 1999 en una misma habitación.

 

Y pensé que a mí me sucede algo parecido: me gustaría meter a todas las motos sobre las que he amado desde 1987 en un mismo garaje, ponerlas en círculo y agradecerles una a una que me hicieran morder la velocidad camino del amor, que me permitieran sentir un cuerpo firme mientras todo a nuestro paso se desdibuja efímero, vertiginoso. Que me hicieran inmortal un rato, porque ese es el milagro de la velocidad.

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Y escuchar de nuevo rugir sus motores, y hacerlas charlar entre ellas animadamente, sobre el viento y la metafísica del movimiento. Volver a subir en cada una de ellas, acariciarles el chasis, y los recuerdos. Compararlas aunque sepa que no son comparables. Diferenciarlas, aunque todas sean, en secreto, la misma moto.

 

Fuente foto Vespa Primavera: Licencia CC Attribution-Share Alike 3.0; Autor: Khaosaming
Fuente foto Honda: Licencia CC Attribution-Share Alike 4.0 International; Autor: AB12

 

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El mundo no estaba esperando una nueva revista de motos, por eso ésta no es una revista de motos. Es una revista en la que la gente escribe sobre cosas que les parecen interesantes, eso si, con las motos como hilo conductor. El resultado: apasionante y desconcertante a partes iguales, porque uno empieza a leerla pensando que va a leer artículos sobre motos y la mayoría de las veces acaba enganchado a algo interesantísimo sobre cualquier otra cosa.


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